lunes, 26 de mayo de 2014

Elecciones en clave europea.



Ayer concluyó el largo proceso electoral europeo que comenzó el jueves en Holanda y Reino Unido. Aunque los resultados holandeses se fueron filtrando, no fue hasta que se cerraron los colegios electorales en Italia, el momento de ir conociendo los resultados oficiales.
A nivel nacional los resultados están suponiendo un auténtico seísmo cuyas consecuencias inmediatas están por analizar, por lo que me centraré en un óptica continental.
Los resultados globales no ofrecen sorpresas. Pese al avance a nivel continental de fuerzas anti europeas y de tendencias extremas, el bloque de los democristianos y socialdemócratas europeos aguanta el tirón con poco más de 400 diputados.
El candidato democristiano luxemburgués Jean Claude Juncker se ha hecho con la victoria por 27 escaños sobre el socialdemócrata Martin Schulz. Pero la ajustada victoria del bloque centrista les va a obligar a cooperar más que nunca, si cabe.
Se ha hablado de gran coalición a la europea, pero en los últimos treinta y cinco años EPP y PES han estado gobernando juntos, votando juntos en el 70% de las ocasiones y repartiéndose los cargos de la Unión. ¿Qué cambiará? Pues en este sentido bastante poco, tal vez el EPP deba moderar su discurso de la disciplina fiscal y abrir un poco la mano en cuestiones presupuestarias, pero me temo que sin el permiso del Consejo sólo serán migajas.
Tras la batalla electoral en las urnas, el Europarlamento espera que el Consejo proponga como Presidente de la Comisión al vencedor de las elecciones, algo que no está asegurado. Según el Tratado de Lisboa, el Consejo propondrá el candidato a presidir la Comisión teniendo en cuenta los resultados electorales. ¿Y qué significa esto? Pues quién sabe, porque dada la ambiguedad del texto "teniendo en cuenta" los Jefes de Estado y Gobierno de la Unión bien podrían proponer otro nombre. El problema para ellos es que Lisboa reserva mayores y más importantes atribuciones al Europarlamento. Una de ellas ratificar al candidato propuesto por el Consejo. Tanto Juncker como Schulz han declarado que solo sus nombres estaban en liza en estas elecciones y, tras los resultados de ayer, solo el nombre de Juncker está legitimado para presidir la Comisión.
Los líderes de los grupos parlamentarios avisaron durante el debate electoral al Consejo que el Parlamento Europeo no aceptaría un nombre distinto al vencedor de las elecciones debido a las declaraciones de Merkel de que el Consejo, tal y como estaba redactado el Tratado, podía proponer un nombre distinto.
Juncker, a pesar de formar parte del mismo partido que Merkel y haber contado con su apoyo para ser nombrado candidato del EPP, es un hombre incómodo para la canciller. Cuando éste era PM de Luxemburgo y presidente del Eurogrupo mostró una actitud mucho más independiente y desafiante ante la canciller que el actual, el socialdemócrata holandés Dijsselbloem, por lo que Mr. Juncker al mando de la Comisión podría constituirse en un contrapoder al liderazgo de Merkel, o cuanto menos adquirir mayor independencia que el servil Barroso. 
Por eso, aunque el Consejo y la colaboración intergubernamental han cobrado protagonismo en la Unión tras la severa crisis del Euro, la elección de una Comisión un poco más independiente supone un matiz importante. 
No solo Merkel ha insinuado que el Consejo podría elegir a alguien distinto. El gobierno británico lleva semanas maniobrado para que Mr. Juncker no ocupe el Berlaymont. Resulta un candidato peligroso para las aspiraciones del número 10 por ser de los últimos políticos que defienden una Europa más ferderal como la había imaginado Schuman. El plan de David Cameron es renegociar las competencias del Reino Unido de forma favorable para, en 2017, convocar un referendúm que esté en condiciones de ganar. Mantener al Reino Unido dentro de la Unión con un estatus especial, una especie de Cheque Británico 2.0. Pero Cameron sabe que con Juncker o Schulz en la Comisión será difícil llevar a buen puerto semejante proyecto.
David Cameron, que tiene una buena relación con Merkel, parece estar presionando a la canciller para que el Consejo proponga un nombre alternativo. Pero hacer tal cosa podría herir de muerte a una parte vital del proyecto europeo. Siempre se ha achacado a la UE ser una unión de mercaderes donde el aspecto social y democrático se dejaba a un lado en favor de los objetivos económicos, semejante unión lastraba siempre las cifras de participación en las elecciones europeas donde el elector veía que votase lo que votase servía para poco. El Tratado de Lisboa quiso solucionar esto dando un mayor protagonismo a la Eurocámara, que el Consejo se salte a la primera de cambio el resultado electoral sería catastrófico para este punto del Tratado y, por ende, para el proyecto democrátizador de la Unión.
La crisis del Euro ha supuesto una aceleración en el proceso de integración europea, pero esa integración se está haciendo deprisa y bajo los parámetros unilaterales de ciertos países, lo que está abriendo grandes brechas que se han dejado sentir en los resultados electorales.
La integración no se ha realizado fortaleciendo las instituciones europeas que, con la excepción del BCE, se han visto subordinadas a la actividad intergubernamental propiciado por el auge del poderío alemán y la merma de la influencia política francesa.
Es muy irónico que sea esta Europa intergubernamental, soñada por Margaret Thatcher en su célebre discurso de Brujas, la que incomoda a Cameron.
Para bien o para mal la crisis de la moneda única ha empujado a una mayor integración fruto de la interconexión de las economías de la zona Euro. La marcha atrás del proyecto Euro es una quimera y todos pagaríamos un alto coste si regresásemos a las monedas nacionales. Pero las víctimas que los dolorosos ajuste están dejando por el camino son terreno abonado para un sin fin de opciones políticas nuevas.
En el Reino Unido David Cameron aireó el fantasma de la Unión para ganar adeptos por la derecha, pero los frutos de ésta política los está recogiendo el otrora marginal UKIP. ¿Qué ha sucedido para qué la siempre Euroescéptica Albión haya dado el paso a favorecer al UKIP? Probablemente ha sido otra de las consecuencias de la integración acelerada de la crisis del Euro. La Europa a dos velocidades es ya una realidad y la diferencia entre un bloque monetario y "todos los demás" puede suponer una ventaja para el Reino Unido, pero puede resultar un margiando de la actividad financiera si el Eurogrupo conforma una unión más perfecta y cohesionada. Es por ello que Cameron desea renegociar un nuevo estatus que garantice la funcionalidad de la City a la que debe un porcentaje importante de su PIB.
El ascenso de la extrema derecha en Francia es más pasional que la racional Gran Bretaña, donde ya se sabe que no hay aliados permanentes, sólo intereses permanentes. El Hexágono siempre ha mantenido una postura beligerante contra las opciones mundializadoras que supusiesen una merma a su mastodóntico Estado del bienestar.
La tendencia alcista del FN podría ser poner la venda antes de la herida. La proximidad a países tan afectados por la crisis de deuda como España o, en menor medida, Italia podría haber puesto sobreaviso al electorado galo sobre las consecuencias de aplicar las medidas recomendadas por Bruselas, medidas que el ejecutivo Hollande-Valls está aplicando. Ésto, unido a la pérdida de peso de Francia y el auge político-económico alemán podrían ser los mimbres de los buenos resultados de Le Pen.
Pero a ambos caso los une no solo tratarse de opciones más o menos extremistas, sino de haber votado en clave mucho más interna que otros países. La lectura ha de hacer se en clave de política interna inglesa, de cara a las generales de 2015, y francesa. De hecho, lo primero que ha hecho Le Pen es denunciar la falta de legitimidad de la actual Asamblea Nacional y pedir nuevas elecciones legislativas. Por ello, su victoria no va a tener importantes consecuencias en las instituciones comunitarias.
No todo han sido victorias del lado de los extremistas. El holandés Wilders ha cosechado una derrota inesperada y su frente antieuropeo junto a otros países se quedará en nada. Eso unido a lo poco que une a estos partidos, salvo su odio a Europa, hará muy difícil que logren articular un discurso unificado y menos coherente. 
Resulta llamativo que, con la salvedad de Grecia, los países mediterráneos sean los únicos que no han mandado a partidos extremistas a la Eurocámara, teniendo en cuenta que la crisis se ha cebado en mayor medida con ellos. Debe ser el voto del miedo a que se extienda por el norte lo que ha alimentado ese voto extremista en la Europa protestante y en Francia. 
Por eso, aunque han sido unos comicios plagados de matices, caracterizado por el ascenso de las fuerzas antieuropeos, el núcleo duro de la Unión ha quedado relativamente a salvo. Los Socialdemócratas y Democristianos europeos deberán trabajar esta legislatura aún más codo con codo para que la desafección no crezca y para que el proceso de integración europea se haga respetando las instituciones y no usandolas para pasar por encima de los ciudadanos. Es, sin duda, una tarea hercúlea. 

lunes, 19 de mayo de 2014

1914: El centenario


El 28 de junio del año que entra se cumplirá el centenario de la chispa que hizo prender en Europa la larga guerra civil que asoló el continente hasta 1945. Las causas de la I Guerra Mundial son muchas y muy profundas. Al igual que pasa con los accidentes aéreos, no existe una sola causa que condujese a Europa a una larga guerra, sino una multitud de causas que de forma entrelazada condujeron a 1914.
Las rivalidades entre las grandes potencias europeas no eran pocas y habían aumentado desde el reparto de África y la consolidación de Alemania como Estado unificado. Aún así pensar que había un camino que tenía que llevar indefectiblemente a la guerra es difícil de defender puesto que el Concierto Europeo había sobrevivido desde la derrota napoleónica a multitud de crisis. Desde el Congreso de Viena, Europa había vivido un siglo de paz duradera salpicada por conflictos breves y localizados como los que dieron lugar a las unificaciones italiana y alemana.
Es más, el asesinato de Francisco Fernando no era la mayor crisis a la que se había enfrentado el Concierto Europeo. Ya se habían solventado dos crisis marroquíes y balcánicas, una de las cuales conllevó una movilización parcial de los ejércitos austro-húngaro y ruso. Tal vez por ello, por la despreocupación que otorgaba haber llegado siempre a un compromiso, los actores políticos no valoraron lo que muchos consideraron un mero incidente en Sarajevo el 28 de junio de 1914 que terminó llevando a una guerra general en Europa y, más adelante, en el mundo.
¿Cómo un conflicto muy localizado en una región menor de Europa pudo desencadenar el inicio de una larga guerra general en Europa? La respuesta no es única ya que hay que analizar los infinitas motivaciones de las grandes potencias, sus filias y fobias para con los demás países europeos. Esta maraña de causas las analiza de una forma magistral la historiadora por Oxford Margaret MacMillan en su libro 1914, de la paz a la guerra. Y para inaugurar el año que va a entrar sólo apuntaré algunas pinceladas sobre las causas que empujaron a cada potencia a iniciar el camino que terminó llevando a Europa a 1914.
El Reino Unido, el Imperio, cómodamente instalado en la neutralidad que permite a una gran potencia depender solo de sí misma se verá obligada a abandonarla a causa de su aislamiento tras las Guerras de los Bóers: una serie de conflictos coloniales que tuvo el Imperio en Sudáfrica desde 1880 hasta 1902 con granjeros afrikáners de origen holandés que supusieron un peligro para el asentamiento británico en la decisiva colonia del Cabo.
Las distintas potencias europeas acogieron las dificultades británicas en Sudáfrica con una suerte de satisfacción ante la arrogancia del Imperio. Tan aislada debió sentirse Inglaterra, que inició un acercamiento a la otra potencia insular del momento: Japón, con la que firmó un acuerdo de neutralidad en caso de que alguna de los dos potencias se encontrase en guerra. 
En Europa el aislacionismo británico se había tornado en aislamiento puro y duro y se empezaban a oír voces en el Foreign Office a favor de buscar amistades entre las distinta potencias europeas. No una alianza abierta puesto que ya se sabe que los ingleses no tienen aliados permanentes, solo intereses permanentes. Pero en este caso los intereses del Imperio caminaban hacia la búsqueda de algún amigo en el continente.
Pero las relaciones con las grandes potencias continentales se habían deteriorado por distintos motivos. Con los franceses por la carrera colonial en África cuyo punto álgido lo constituye el incidente de Fachoda.
Los británicos tenían su plan de colonización siguiendo el eje norte-sur desde su colonia de Egipto hasta el Cabo. Los franceses seguían un eje oeste-este desde el Sahara hasta su colonia en D'Jibuty ambos planes colisionaron en la localidad sudanesa de Fachoda. Los británicos salieron victoriosos de la pugna debido a la ventaja que le otorgaba su poderosa marina de guerra, pero dejó a los franceses con un rencor que se sumaba a la humillación sufrida por la toma de Egipto en tiempos de Napoleón.
Con Alemania, las relaciones se fueron enfriando, sobre todo tras la muerte de la Reina Victoria y la caída en desgracia de Otto von Bismarck. La unificación alemana había destrozado el equilibrio continental tan preciado por el Reino Unido, pero el Canciller de Hierro había sido lo suficientemente hábil como para que la unificación no significase una amenaza para el concierto de Europa. No obstante, su sustitución por Bernhard von Bülow supuso un giro en los acontecimientos.
Alemania, debido a su tardía unificación, había llegado tarde al reparto colonial en una época donde la grandeza de un país se medía por el tamaño de su Imperio. Bülow sabía que para que Alemania obtuviese "un lugar bajo el sol" era necesario la construcción de una poderosa marina de guerra, algo que despertaría los recelos del Reino Unido. Esto, unido a la falta de pericia política del Kaiser que adornaba una política menos prudente con exabruptos, terminó por convencer al gobierno británico de la necesidad de buscarse otros aliados en el continente.
Con Rusia las relaciones también eran distantes y en casos como el persa existía una completa confrontación. Para empeorar las cosas, la alianza entre Gran Bretaña y Japón le costaría al Reino el escandaloso incidente del banco Dogger en donde una escuadra rusa, de camino a Extremo Oriente, hundió varios pesqueros británicos que faenaban en el Mar del Norte y que casi termina en guerra abierta.
Con el Imperio Austro-Húngaro las relaciones tampoco eran buenas. Sin colonias, Austria-Hungría comenzó a extender su influencia en los Balcanes, donde multitud de pueblos, principalmente eslavos, anhelaban la independencia del moribundo Imperio Otomano. La intervención de Inglaterra y Francia evitó el colapso del Imperio enemistando a la Monarquía Dual con las potencias liberales.
Francia, por su parte, partía también de una situación de aislamiento. El Canciller Bismarck había mantenido a Francia aislada a través de una serie de tratados que ataban a las potencias absolutistas. Eso, unido a la rivalidad colonial con Gran Bretaña, dejaba a Francia completamente sola en el Concierto de Europa. Pero la caída del Canciller de Hierro y el ascenso en Wilhemstrasse de funcionarios menos capaces hizo que el aislamiento francés fuera encontrando sus fisuras. El hecho de que una Monarquía conservadora y absolutista como la zarista terminase aliándose de forma tan estrecha con una república progresista como la francesa es un mérito que se le debe a Alemania, al menos inicialmente.
Aunque las relaciones entre Alemania y Rusia se habían enturbiado con las disputas entre ésta y el Imperio Otomano, donde Alemania tenía importantes intereses económicos, no se produjo una ruptura importante hasta que, tras la caída de Bismarck, el nuevo gobierno cometió la imprudencia de no renovar el Tratado de Reaseguro que tenía con Rusia. El tratado aseguraba la neutralidad de ambas potencias en el caso de una guerra entre Alemania y Francia o bien entre Rusia y el Imperio Austro-Húngaro. La no renovación de este tratado terminó por minar la escasa confianza que el Zar tenía en el Kaiser, llevándole a estudiar diferentes opciones diplomáticas.
La opción más atractiva era Francia, deseosa de romper el aislamiento al que la había abocado los sistemas Bismarckianos, para Rusia suponía un acceso a los mercados financieros que tanto necesitaba para la conclusión del ferrocarril transiberiano y para mejorar su incipiente industrialización. Así pues, sería Alemania quien lanzaría a Rusia a los brazos Francia. Esta torpe política situó al Imperio Alemán ante la difícil posición de tener países poco amistosos en ambas fronteras, situación que Bismarck siempre quiso evitar.
Rusia, por su parte, también estaba deseosa de buscar alianzas en Europa tras el fiasco de la Guerra Ruso-Japonesa de 1905. El Imperio Japonés venció humillantemente a Rusia y la dejó al borde de la revolución en una guerra por el reparto del moribundo Imperio Chino. Aunque el Tratado de Porsmouth fue suavizado, la guerra supuso el límite de la expansión rusa en el pacífico. Tras este golpe, como un animal herido, los ojos de Rusia se tornaron hacia occidente donde no permitiría una nueva humillación. Es en este contexto donde se estrecharon lazos con Francia.
La opción francesa era la más lógica desde el punto de vista zarista, ya que los lazos de Alemania tanto con el Imperio Austro-Húngaro como con el Imperio Otomano se oponían a los intereses de las nacientes naciones eslavas en los Balcanes. Rusia, tras el fiasco en Extremo Oriente, se propuso ser el valedor de la independencia y grandeza de las naciones sudestadas. Sin olvidar su interés en controlar los estrechos del Bósforo y los Dardanelos. 
El Imperio Austro-Húngaro comenzó el siglo luchando por su supervivencia como Estado. El Imperio Austriaco había gozado de buena salud tras la victoria contra Napoleón siendo uno de los pilares del nuevo Concierto Europeo de naciones. Pero las unificaciones de Alemania e Italia se habían realizado ambas en contra del Imperio Austriaco, dejándolo tan debilitado que la mitad magiar del mismo exigió reformas de calado para que se reconociese la autonomía húngara en pie de igualdad con la parte austriaca del Imperio. A partir de entonces el Imperio Austriaco se transforma en la Monarquía Dual que será el Imperio Austro-Húngaro con sendos gabinetes, sendos parlamentos y un Consejo de Ministros Común. La transformación de la monarquía fue un duro golpe para la dinastía de los Habsburgo que, al igual que pasó con Rusia en la guerra contra Japón, no permitiría una nueva humillación nacional.
Las humillaciones que sufrieron San Petersburgo y Viena vienen a explicar la rigidez de su política exterior y es la causa de que un conflicto localizado en los Balcanes desembocase en una guerra a escala continental. 
El Imperio Austro-Húngaro en su búsqueda de alianzas no le quedó más alternativa que ligar su destino al de Alemania, a la que terminaría arrastrando a un conflicto general en Europa.
Entonces, si las hostilidades comenzaron debido al enfrentamiento entre Austria-Hungría y Rusia en los Balcanes, ¿Por qué el infame artículo 231 del Tratado de Versalles culpa exclusivamente a Alemania de la Gran Guerra? La respuesta se debe a que Alemania era el socio principal de la Triple Alianza. 
Sobre Alemania ha recaído la mayor parte de responsabilidad del conflicto debido al desequilibrio continental que conllevó su unificación. A ello hay que sumar las políticas sumamente inconscientes llevadas a cabo por los sucesores de Bismarck ,una vez subió al trono el imprudente de Guillermo II. 
Guillermo II sucedió en el trono a su padre, Federico III, tras un efímero reinado de un año. Las tendencias liberales de Federico III se vieron truncadas por su temprana muerte y la sucesión por su joven e imprudente hijo no permitirá al Reichtag avanzar hacia fórmulas más democráticas. 
Pronto el Kaiser prescindirá del Canciller de Hierro, quien le hacía sombra y le trataba de forma indolente. El ascenso del nuevo Canciller Von Büllow dará inicio a la Weltpolitik, la búsqueda del lugar que a Alemania le correspondía en la política mundial, es decir, un imperio colonial. Pero Alemania había llegado tarde al reparto del mundo y si quería reunir un imperio de cierta entidad debía ser en detrimento de otros países, lo que dará lugar a numerosas crisis que irán enturbiando la política europea.
Bismarck había hábilmente aislado a Francia en la política continental, pero sus sucesores no serán tan sagaces. La nueva Weltpolitik necesitaba de instrumentos militares para la consecución de un imperio colonial y éste era una poderosa marina de guerra que defendiese los intereses alemanes en ultramar. Pero la construcción de una poderosa marina de guerra por el país que era una potencia continental despertó pronto los recelos de la potencia naval por excelencia: El Imperio Británico. 
La doctrina del almirantazgo del "Two balance power" por la que el Imperio Británico debía tener una marina de guerra que superase la suma de la segunda y tercera potencias navales dio inicio a una carrera de armamentos entre Gran Bretaña y Alemania. 
La política naval alemana fue ejecutada por el Almirante Tirpitz, nombrado jefe del Estado Mayor naval en 1890, se propuso construir tres grandes destructores al año y fue convenciendo al Reichtag para que aprobase sucesivas leyes navales que blindaban el presupuesto naval. Así, Alemania no solo empujó a Rusia a los brazos de Francia, sino que con este movimiento empujó a Gran Bretaña a iniciar un entendimiento con Francia. La imprudente política exterior del Kaiser condujo poco a poco a la creación de la Entente entre Francia, Rusia y, posteriormente, Gran Bretaña. 
Aunque Alemania buscó acuerdos con Inglaterra, éstos nunca llegaron a buen puerto debido a la animadversión que existía por Alemania en el Foreign Office que la había identificado como el principal obstáculo para la hegemonía mundial del Imperio. Descartada Inglaterra y Rusia por su reciente alianza con Francia, a Alemania solo le quedaba estrechar lazos con el Imperio Austro-Húngaro y ligar su destino de forma cada vez más estrecha a la decadente Monarquía Dual. Lo que explica que el socio principal de la Alianza se viese arrastrado a un conflicto en los Balcanes. 
Pero los alemanes no fueron completamente inocentes ya que, si bien se vieron arrastrados por Austria-Hungría, los planes militares alemanes ayudaron a que un conflicto local se extendiese por Europa. 
El famoso plan Schlieffen se ponía en el peor de los casos y organizaba un plan de guerra en dos frentes, donde el grueso de las fuerzas se dirigirían contra Francia. La red de los ferrocarriles franceses era mucho mejor que la rusa y la movilización del ejército francés sería más rápida y mejor organizada que la rusa, por lo que el plan se basaba en asestar el golpe más fuerte en Francia mientras los rusos, más lentos, iniciaban el avance hacia el oeste. Una vez vencida Francia, los ejércitos alemanes podrían vencer sin problemas a los rusos en el oeste aprovechando la velocidad y capacidad de los ferrocarriles germanos. 
Independientemente de cuestiones tácticas y sin entrar en el extenso debate de si el plan estaba bien organizado o fue culpa de Von Moltke que la guerra se emponzoñase en el norte de Francia,  lo importante del plan Schlieffen era su rigidez. La maquinaria de guerra alemana era la mejor del mundo y sus planes estaban rígidamente detallados al minuto. De ordenarse una movilización general para hacer frente a un conflicto, aunque éste fuera localizado, se daría inicio a una operación que involucraría a Francia y extendería el conflicto. Aquí, en mi opinión, radica la importancia de Alemania en el estallido de la I Guerra Mundial. 
Un segundo aspecto del Plan Schlieffen que terminaría llevando a un conflicto general era que se basaba en la violación, si era necesario, de la neutralidad belga. Cuestión que terminaría decantando a Inglaterra hacia la intervención al lado de la Entente. 
Cuando fue asesinado el Archiduque Francisco Fernando, muy pocas cancillerías pensaban que después de peores crisis este incidente fuese a ser el detonante de una guerra general en Europa. Pero el Imperio Austro-Húngaro estaba decidida a aplastar a Serbia y le habían brindado la oportunidad en bandeja de plata. 
Rusia, que al igual que Austria-Hungría no podía permitirse otra humillación internacional, respondió como garante de la independencia serbia a cualquier precio. La rigidez de ambas monarquías absolutas impidió un final negociado de la crisis como había ocurrido en la crisis Bosnia de 1908. Los términos del ultimátum austro-húngaro eran completamente inaceptable por Serbia. Si Austria-Hungría se atrevió a tanto fue porque contaba con el beneplácito alemán. Muchos historiadores sitúan en este punto la responsabilidad alemana, si ésta hubiera presionado a Austria-Hungría como lo hizo en 1908 puede que el inaceptable ultimátum hubiera sido mucho más razonable y el Concierto Europeo hubiera encontrado una salida como había sucedido en crisis anteriores. Pero en lugar de esto, la Monarquía Dual obtuvo de Alemania un cheque en blanco para que actuase según sus propios intereses. 
Una vez que Serbia rechazó el ultimátum austriaco, ésta le declaró la guerra provocando la movilización rusa. Cumpliendo sus compromisos, Alemania le envió un ultimátum a Rusia para que se desmovilizara, cosa que se rechazó. Así se puso en marcha el Plan Schlieffen y lo que era una guerra en los Balcanes se extendió al oeste. Alemania envió un ultimátum a Francia para que se mantuviera neutral (la cesión de importantes fortalezas a Alemania como garantía era un punto inaceptable). Francia rechazó el ultimátum e hizo gala de su alianza con Rusia y comenzó su movilización. 



Quedaba por saber qué haría Inglaterra. Aunque los PM británicos, principalmente Edward Grey, siempre afirmaron tener libertad de acción, lo cierto es que su política estaba íntimamente ligada a la francesa y le sería inaceptable y bochornoso no acudir en su ayuda. 
Los británicos necesitaban una excusa para intervenir y sabían, porque habían descifrado los códigos alemanes, que el Plan Schlieffen se basaba en la invasión belga, país neutral del que Gran Bretaña era su garante. La negativa belga a dejar tránsito a los ejércitos alemanes por su territorio forzó la violación de su neutralidad y el ultimátum británico a Alemania para que se retirase. Cuando expiró el plazo, toda Europa se encontraba en guerra. 
¿Se pudo haber evitado la guerra? La tesis de la autora es que sí, hubo muchísimos momentos en los que el Concierto Europeo se pudo haber apartado del camino de la guerra. Es más, el libro hace hincapié en todos y cada uno de esos momentos en que las potencias pudieron haber tomado otras decisiones, en los que se pudo presionar, echado a atrás e, incluso, en las motivaciones personales de los protagonistas. 
Es curioso que la guerra estallase precisamente en 1914, momento en que la amenaza de las crisis marroquíes y balcánicas se estaba alejando. Los contactos entre los antagonistas comenzaban a ser más frecuentes y las negociaciones parecían tender puentes en lugar de volarlos. Es curioso que un incidente al que muchos no dieron importancia terminase desembocando en un conflicto general para el que parecía no haber alternativa.

viernes, 16 de mayo de 2014

El mito de la democracia española concluye su largo adiós


El pasado 23 de marzo nos ha dejado un referente político que hacía tiempo que estaba en los libros de Historia. Asistimos al luto por el que fue el último Presidente del Gobierno de la dictadura y el primero de la democracia. Por ello la prensa escrita y audiovisual se está deshaciendo en elogios de un político que cuando ejercía política fue denostado por propios y ajenos.
Puede que a nivel personal no estemos ante un personaje de la talla que muchos panegíricos dan a entender, desde luego no era un Churchill o un Roosevelt, pero la labor a la que se tuvo que enfrentar sí puso a prueba todo su ingenio y habilidad política. Puede que fuese un político mediocre en el normal devenir de la política. Pero es que la época en que asumió la dirección del Ejecutivo no era normal. Se trataba de una época de excepcional trascendencia para la historia de España y esa excepcionalidad tan bien gestionada convierten a Suárez en un Presidente excepcional.
Obviamente la labor realizada por Suárez contó, a pesar de los muchos escollos, con el viento a favor de la voluntad de cambio de la sociedad española. Un cambio que la sociedad demandaba se realizase sin sobresaltos y con cautela. La forma en que Suárez congenió con este sentir general llevó a buen puerto sus planes. 
Y es que Suárez supo evaluar los cambios producidos en la sociedad española del tardofranquismo porque él era un elemento que tenía la capacidad de analizarlos desde dentro del moribundo régimen. 
Los avances económicos del plan de estabilización dieron a España la tupida red de clases medias que toda sociedad necesita para que cuaje un régimen democrático. Obviamente ese no era el plan de El Pardo, pero las consecuencias fueron una transformación de la sociedad española que anunciaban que un franquismo sin franco era una mera ilusión. Pocos se creyeron aquello de que "después de Franco, las instituciones". 
Pero el aparato del régimen se mantuvo sin fisuras de importancia hasta 1974, pese al deterioro de la salud del dictador. Éste había designado a Juan Carlos de Borbón como sucesor a título de rey y nada hacía pensar que la firme voluntad del Príncipe era desmontar el régimen. El aparato esperaba vivir tras la figura de un rey títere manteniendo lo esencial con reformas cosméticas. 
Pero en 1974 un acontecimiento político de primer orden cambió la situación. La Revolución de los Claveles en Portugal supuso para el establishment franquista un ejemplo de sus peores miedos: una insurrección desde dentro. El régimen hermano, el salazarismo, había caído por una insurrección militar y despertado el fantasma del comunismo en un país de la OTAN. La revolución de los Claveles puso al régimen ante el espejo, y mientras unos vieron la necesidad de llevar a cabo reformas de calado en España, otros se encerraron en el Bunker para defender frente viento y marea las esencias de aquella amalgama amorfa que era el Movimiento
Aunque existe la tentación de establecer una línea recta entre Suárez y el Príncipe desde que confraternizaron en una comida en Segovia cuando Suárez era el Gobernador Civil y ambos hablaron de la posibilidad de reforma del sistema, lo cierto es que los planes de Juan Carlos estaban en proceso de configuración. 
La relación entre el Príncipe y Adolfo Suárez se estrechó cuando éste asumió el cargo de Director General de RTVE. Aunque como abogado de formación no sabía nada de periodismo, sí sabía de la enorme influencia del medio en los hogares españoles y como tal lo utilizó. La imagen del Príncipe estaba siendo denostada por los miembros del Bunker desde diarios afectos como el Alcázar y vendida al público como poco más que un tonto; pero Suárez rehabilitó la imagen del Príncipe haciendo un seguimiento de sus viajes por España. No solo eso, Adolfo Suárez se jugó el puesto y su carrera política por el Príncipe al negarse a retransmitir la boda entre su primo, Alfonso de Borbón y Dampierre y la nieta de Franco. Negarse, pese a las presiones, a retransmitir la boda de la nieta de Franco en lo que todavía era la "finca de papá" era jugársela. Muy probablemente con esta acción la relación entre el futuro rey y el que será su PM se reforzó. 
El final del régimen se acercaba tan rápido como se le iba escapando la vida al dictador, y los privilegios de mucha gente dependía en gran medida de que Franco siguiera con vida. Por ello, a pesar de los deseos del dictador, el Bunker y la camarilla de El Pardo deseaban alargar la agonía de Franco con la esperanza de que Rodríguez Valcarcel, Presidente del Consejo del Reino y las Cortes franquistas, se prorrogase un mandato más. Manteniendo a salvo la esencia del régimen. 
Era el cargo clave para comenzar a desmontar el edificio del franquismo, pero eso el ya Rey, siguiendo el plan de Torcuato Fernández Miranda, le nombró presidente de las Cortes y del Consejo del Reyno y mantuvo a Carlos Arias Navarro como PM ante el estupor de la opinión pública. 
Pero aunque SM mantuviese al "desastre sin paliativos" de Arias Navarro, había comenzado la tarea de buscar al actor que escenificase el final del franquismo. 
La postura que defendía la oposición democrática era una fórmula tan sencilla como fracasada en la historia de España. Borrón y cuenta nueva. Romper con el pasado, elecciones constituyentes y la construcción de un nuevo régimen. Pero en un país donde todas las estructuras de poder estaban copadas por afectos al régimen y más uno basado en las Fuerzas Armadas, llevar a cabo semejante plan era un suicidio y tenía todos los visos de acabar muy mal. 
Así que la vía de la reforma era la más sensata. Al fin y al cabo, "las leyes obligan pero no atan" como había dicho Torcuato al Rey en más de una ocasión. 
El candidato a la Presidencia del Gobierno debía ser un aparitich del régimen para no levantar sospechas. Los favoritos eran, como ya es bien sabido, Fraga y Areiltza, pero fueron descartados. Fraga por ser demasiado autoritario para tratar con la opción democrática (y peor aún con el PCE) y Areiltza, aunque tenía excelentes contactos internacionales, estaba demasiado marcado para el búnker. Las intenciones del conde de Motrico eran demasiado evidentes, por lo que despertaba muchas suspicacias. Al final el Rey optó por Suárez, era un hombre del régimen pero no estaba demasiado marcado por un pasado conflictivo y, más aún provenía del Movimiento Nacional lo que le hacía, al menos a priori, poco sospechosos de llevar a cabo reformas excesivas para el establishment franquista.
Ese fue el motivo por el que la prensa le dio una calurosa bienvenida plagada de críticas y auguraban la oleada de reformas del rey bajo el peor de los auspicios. El progresista diario El País, creado para impulsar una prensa democrática, editorializó la noticia con "Qué error, que inmenso error" firmado nada menos que por Ricardo de la Cierva. 
Los partidos de la oposición democrática le ofrecieron un poco más de crédito que la prensa. Es cierto que todos deseaban una ruptura sin más, la convocatoria inmediata de Cortes constituyentes y la redacción de una constitución. Pero a pesar de sus planteamientos iniciales, la oposición no se cerró en banda a negociar con Suárez y la altura de miras del PM le llevó a tomar contactos con todos, sobre todo con los comunistas, jugándose su propio futuro político. La habilidad de Suárez radica en saber tratar con el PCE con cuyo líder tuvo una gran sintonía que en no pocas ocasiones obligó a plegarse al PSOE.
Suárez tuvo a su favor el mismo menosprecio del que gozó el Rey. Nadie daba un duro por ambos y hasta el mismo Rey Juan Carlos era llamado "el breve". Esa minusvaloración permitió a Suárez irse ganando a los líderes de la oposición democrática.
El otro gran as en la manga del PM fue la rapidez. Como bien cuenta Paul Preston en el obituario del Guardian, la estrategia de Suarez se basó en la rapidez con la que acometió las reformas. Semejante rapidez permitió avanzar sin que el búnker reaccionase y se organizase para oponerse a las reformas.
La rapidez de las reformas permitió a Suárez presentarse ante la oposición democrática con el aval de un programa que iba más allá del maquillaje del régimen, con lo que aumentó el crédito de sus promesas. Aunque no se trataba del programa de la oposición democrática, la ambición de Suárez y su rapidez hizo que ésta no ofreciese oposición alguna y, tras la aprobación de la Ley para la Reforma Política, favorecieron la participación en el referéndum aunque sobre el papel no apoyasen el plan de Suárez. 
Una vez que la Reforma Política fue aprobada por abrumadora mayoría, los cambios se sucedieron a velocidad de vértigo. Tuvo lugar el 22 de junio de 1977 la primera convocatoria electoral desde la II República.
Muchos pensaron que la labor de Suárez había concluido y no debía presentarse a las elecciones. Había sido nombrado para acometer la reforma y su trabajo había concluido. Pero Suárez era un animal político que se negaba a aceptar que su labor había finalizado, aún había pasos que dar en pro de la democracia, así que decidió presentarse. Pero le faltaba un partido.
Así que en una operación política kafkiana se sumó al partido que estaba construyendo Areiltza entre otros y, como había sucedido en la terna de 1976, consiguió moverle la silla una vez más y lograr que el Partido le presentase. Había nacido la UCD. Pero la membresía de Suárez en la UCD era un matrimonio de conveniencia. Suárez era un Presidente sin Partido, y la UCD era un Partido que deseaba un presidente y sabía que las credenciales de Suárez le haría ganar las elecciones.
Como partido, la UCD tampoco era una familia bien avenida puesto que era una amalgama de facciones: tecnócratas, católicos, socialdemócratas y democristianos unidos únicamente por la rapidez de la convocatoria electoral, conformando un partido poco coherente. De hecho el tiempo evidenciará está unión artificial. El hecho de que el Partido ganase unas elecciones antes de que tuviese lugar su congreso fundacional muestra las incoherencias internas y que solo era una plataforma para el auténtico vencedor, Suárez.
Con todo, la victoria de Suárez no fue todo lo arrolladora que el PM ni la UCD esperaban. Después de haber dado pasos tan decisivos, cabría esperar que el apoyo del electorado fuera masivo, o al menos más importante. La UCD se quedó a las puertas de la mayoría absoluta, pero el electorado había dado un gran poder al PSOE y habían evidenciado que los Comunistas no eran la temible fuerza electoral que el tardofranquismo había temido.
Tras la segunda victoria electoral de la UCD los desencuentros dentro del partido, y entre el Partido y el líder se hicieron más notorios. Suárez se encontró con traiciones desde dentro del partido, mientras que muschos prohombres de la UCD fueron arreglando su salida, bien hacia AP de Fraga, bien hacia el PSOE. Cada vez más, Suárez estaba solo frente a una oposición muy bronca que le planteó una moción de censura. Incluso desde Zarzuela se presionaba para forzar la marcha de Suárez. El Rey y no pocos miembros de la UCD pensaban que el PM estaba amortizado y que él era el problema del partido, cuando al final resultó que el problema de la UCD era la UCD. Los acontecimientos así lo evidenciaron cuando, en octubre de 1982, el PSOE arrasó con 202 diputados y relegó a la UCD primero a la irrelevancia política y después a la desaparición.
El ostracismo de Suárez pudo ser debido a que no solo era un convidado de piedra en la UCD y que ésta se estuviera descomponiendo, sino también en que los resultados posteriores evidenciaron que la gente apoyaba su plan de transición, no su ideología, motivo por el cual el electorado le dio la espalda a su nuevo proyecto: la CDS.
Suárez, como Gorbachov, tenia que ser el autor de las reformas, precisamente porque no despertaba los recelos del régimen y éstos no tuvieron tiempo para preparar una resistencia que si hubieran tenido si SM hubiera elegido a alguien con credenciales tan democráticas como Areiltza.
Suárez no solo fue el actor que llevo a escena el cambio político en España, también dio pasos importantes para crear una derecha democrática, aunque se le escapase el proyecto de partido de las manos, y es que como dice Juan Francisco Fuentes en la que en mi opinión es la más ponderada biografía del PM, Suárez era un abogado sin despacho y un presidente sin partido. 
Muchos críticos con el proceso apuntan a que fue el travestismo del PC y del propio Carrillo lo que posibilitó que la Transición llegase a buen puerto. Obviamente el entendimiento entre Santiago Carrillo y el PM fue uno de los puntales de la Transición. Pero el PCE ya había escapado de los tentáculos del Kominform con la afirmación del Eurocomunismo años antes de la muerte de Franco. 
Han sido muchos los críticos del PM y es que es complicado establecer un juicio ponderado sobre ésta figura. Personalmente creo que lo mejor de Suárez fue hacer de la necesidad virtud. Nadie esperaba nada en absoluto de él y esa resultó ser su mejor baza. Hizo realidad el cliché de que no hay mejor cuña que la de la propia madera y él, un hombre del régimen, fue el actor designado para desmontarlo.
Su programa político era de una sencillez pasmosa: "elevar a la categoría política de normal lo que en la calle es simplemente normal". Que nadie esperase nada del PM era su ventaja, es más se esperaba su fracaso, por eso cada pequeño éxito animaba a sus interlocutores a dar pasos que él ya tenía planeados. Los utilizó de la mejor forma posible, pensaban que eran ideas suyas y que era Suárez el que cedía. 
Y era así porque la oposición no estaba acostumbrada a que las autoridades franquistas siquiera negociasen y menos cediesen. No podían pensar que un falangista, Secretario del Movimiento Nacional estuviera negociando con la oposición cambios legales de semejante calado. Y ahí radicó el éxito de la Transición, unido a la velocidad de vértigo en que se sucedieron los cambios.
Muchos han sugerido que Adolfo Suárez era un mero actor, un mero ejecutor de un guión escrito por Torcuato Fernández Miranda y dirigido por SM. Puede que estén en lo cierto y que Suárez sólo representase un papel, pero lo hizo tan bien que fue un auténtico éxito. Hacía siglos que en España nadie representaba su papel como era debido.
Han sido pocos los que han levantado la voz sobre las sombras de Suárez, que las hubo, pero la joven democracia española está necesitada de símbolos y referentes. Símbolos porque, salvo el protocolo de muerte de la Corona, no existe en España usos institucionalizados para el adiós de las figuras políticas como sucede en Estados Unidos. La muerte del PM Calvo Sotelo fue un ensayo general para fijar unos usos y tradiciones democráticas en una democracia que todavía no los tiene. 
Tal vez por ello, y por asegurarse que su padre tuviese una despedida acorde, Aldolfo Suárez Illana convocase a la prensa en una inusual y poco elegante conferencia de prensa para anunciar el inminente fallecimiento de su padre. 
Símbolo, puesto que en una época plagada de escándalos económicos que salpican a todos los partidos y a casi todas las instituciones del Estado, el referente de Suárez reconcilia a los españoles con la política y, a la vez, demanda a la clase política otra forma de ejercerla. 
Si la memoria de Adolfo Suátrez consigue algunos de estos objetivos habrá conseguido su última gran victoria. 

viernes, 9 de mayo de 2014

Editorial. Memoria de la Transición


La actual situación de crisis española esta afectando a todos los frentes de la vida del país, económico, social, institucional y moral. Han corrido ríos de tinta en el aspecto económico. Tantos, que de un tiempo a esta parte nos hemos convertidos en auténticos expertos en prima de riesgo, agencias de calificación y rating.
En la vertiente política la crisis arrecia a todas las instituciones del Estado: la Justicia, el Gobierno, el Parlamento, la Jefatura del Estado y las Comunidades Autónomas. La esfera política parece estar podrida a todas las escalas. El escándalo puede surgir desde el municipio más pequeño has la más importante Comunidad, el Gobierno e incluso la Corona. El partido en el gobierno probablemente se haya financiado ilegalmente desde su refundación en los años ochenta. La Corona se encuentra inmersa en medio de un escándalo de corrupción que salpica a la hija de SM y la imagen del propio monarca ha caído tras una cacería de negocios. Ante esto, y debido a nuestra imperiosa necesidad de encontrar una causa pretérita de todo acontecimiento presente, muchos anatistas patrios y extranjeros se han lanzado a la caza del antecedente perdido.
Hace poco ha salido publicado en un semanario alemán que la causa de la corrupción endémica de nuestra imperfecta democracia se debe a los errores y asuntos pendientes legados por la Transición a la democracia.
Personalmente no podría estar más en desacuerdo, no solo con el contenido sino también con el mensajero.
La Transición es, posiblemente, el período de la democracia española donde los políticos actuaron con mayor decencia y mayor ética. Y ésto es debido a lo delicado del período, a que la necesidad de consensos para que la situación no explotase hizo que los políticos actuasen con suma cautela en el ejercicio de su cargo.
La dimisión de Suárez en medio del desmantelamiento interno de su partido es el mayor ejemplo de ello. Parece que Der Spiegel no ha retrocedido mucho en la wikipedia a la hora de escribir sobre la Transición porque la cascada de dimisiones que se sucedieron en los primeros gobiernos de la Tercera Restauración en nada se parece a la situación actual.
Un análisis más acertado me parece achacar esta falta de dimisiones al rodaje que la democracia ha ido teniendo a la sombra del bipartidismo. Aunque la ley electoral ha configurado un bipartidismo imperfecto que beneficia a los partidos territoriales, eso no ha evitado que se configurasen gobiernos fuertes en los que la figura de la dimisión ha ido tomando la forma de un fracaso del partido más que una medida de higiene democrática. Los grandes partidos han ido estableciendo en sus respectivos fieles la impresión de que la dimisión es un gesto de debilidad ante el oponente político. Causa de ésto es la fidelidad alta que tienen los partidos a los que no pasa factura los escándalos de corrupción. Personalmente creo que se debe precisamente al tipo de bipartidismo imperfecto que tenemos. 
No tengo nada en contra del bipartidismo, la gente vota en una proporción exponencialmente mayor a los dos grandes partidos que a cualquiera de los otros. Es difícil que, a pesar de la ley electoral, se produzca una alternativa seria al bipartidismo. Incluso con los peores números del PSOE y los sueños más húmedos de IU todavía le separan 6 millones de votos y eso con cualquier forma de contar los votos se sigue notando. 
El problema es que el matiz al bipartidismo viene dado por los partidos de representación regional que tienen una sobredimensión, que hace que con menos votos obtengan más diputados que los pequeños partidos de ámbito nacional. Ésto provoca que los malos usos de los que hacen gala los grandes partidos nacionales se repitan en provincias con los partidos regionales o nacionalistas, hegemónicos en muchos casos en sus respectivas autonomías. 
Probablemente si el matiz al bipartidismo se compensase con una representación más justa de los pequeños partidos nacionales, el electorado podría castigar a las grandes formaciones sin que arraigase en él la sensación de estar tirando el voto. En ese caso, probablemente, se diluiría mucho el argumento tan manido del "voto útil" que, mal que les pese a las pequeñas formaciones nacionales, sí se da con la actual ley electoral. 
Hecho de menos un análisis más centrado cómo han ido derivando los usos democráticos una vez transcurrida la transición política en el artículo de Der Spiegel. Pero supongo que es mucho pedir para un mero corresponsal obligado a escribir puntualmente y sin tiempo para una reflexión más sosegada. No creo que los malos usos de la actual democracia española provengan de una incompleta o imperfecta transición política. Creo que estamos ante la otra cara de la moneda de prolongados períodos electorales que hace que los grandes partidos pierdan el poder más por cuestiones coyunturales o de desgaste interno que de escándalos de corrupción. Felipe González ganó unas elecciones en 1993 asediado por escándalos de toda clase. El PP perdió las elecciones de 2004 por su nefasta gestión de los atentados de Atocha, unas elecciones que según encuestas previas le daban ganador a pesar del tremendo desgaste de la guerra de Iraq o el Prestige. Y casi seguro que el PP ganará las próximas elecciones generales a pesar de haber saltado a la luz su probable financiación ilegal desde que el partido existe. Hay pruebas circunstanciales de peso que indican que el PM recibió de forma continuada sobresueldos que no ha declarado y el electorado no dejará de votarle por ello como no dejó de votar a González en 1993 por el caso FILESA. 
Pero aunque a veces la distancia de los corresponsales extranjeros aporta una nueva y fresca perspectiva, en este caso supone un desconocimiento de los ritmos internos de la democracia española y se basan en el ya extendido cliché de la imperfección de nuestra transición y de los asuntos pendientes que ha dejado. Pero Alemania tiene mucho que callar a la hora de evaluar procesos democráticos. Sé que éste es un ejercicio de matar al mensajero, pero a veces no esta de más poner a ciertos moralistas en su sitio, sobre todo en esta Europa dividida en deudores y acreedores donde unos por el mero hecho de sostener a los otros han asumido la potestad de emitir carnets moralizantes. Salvando las distancias, escuchar a Alemania hablar de procesos democratizadores es tan curioso como escuchar a Mario Conde hablar de ética de los negocios. 
Haciendo un análisis de los modelos de gobierno por los que ha pasado la Alemania unificada llegamos a la conclusión que la democracia es un sistema ajeno a la tradición germánica. Desde el mismo proceso de unificación, el rey de Prusia rechazó la corona de una Alemania unificada, otorgada por el Parlamento de Frankfurt en plena revolución de 1848, por el mero hecho de ser hija de la voluntad popular. El Kaiser no quería deberle su corona al pueblo, solo a la casta de militares que configuraba el reino de Prusia, un ejército con país como había dicho Churchill en lugar de un país con ejército. Completamente al margen de las revoluciones liberales, el autoritarismo ha marcado el devenir político alemán. 
Tan solo la República de Weimar constituye un ejemplo autóctono de ejercicio democrático y ya sabemos lo mal que terminó. 
Estoy esperando a leer en Der Spiegel que el actual régimen democrático alemán, del que hacen bien en estar orgullosos, es fruto de una imposición extranjera. Es fruto de la unificación de las zonas francesa, británica y estadounidense. Su constitución no es tal, es una ley fundamental "otorgada" por la ocupación americana. 
La cosa no concluye ahí, en un artículo muy crítico con la Corona, el mismo semanario alemán afirmaba que es hora de disolver la Monarquía en España. También resulta curioso que un medio extranjero se posicione tan claramente en un asunto de ámbito interno tan sensible. No dudo que hay sectores de la sociedad española que apoyan semejante hipótesis y tienen más derecho a defenderla que Der Spiegel porque les atañe directamente. 
¿Alguien se imagina a El País semanal pidiendo la disolución de la Bundesrepublik porque no hay país en Europa que, tras dos guerras mundiales, haya traído más desgracias, horror y muerte al continente europeo? Sería un completo despropósito editorial. Que es precisamente ante lo que estamos.  
Está bien recordar estas perlas que nos deja la historia, más cuando son los alemanes los que se atreven a dar lecciones de democracia y cuando es desde Berlín de donde proceden las críticas al proceso de transición política que nos dimos los españoles. 

jueves, 8 de mayo de 2014

El Plan de Septiembre


El inicio de la Primera Guerra Mundial sucedió de forma tan abrupta que cogió a los gobiernos europeos de vacaciones y con la guardia baja. Pocos pensaban que un episodio menor, en comparación con las crisis marroquíes y balcánicas, como el asesinato de la archiduque Francisco Fernando terminase en un conflicto general. Por ello cuando la diplomacia dio paso a los cañones, los objetivos de guerra no estaban claros más allá de la obvia consecución de la victoria. Salvo Austria, los contendientes habían entrado en guerra fruto de sus obligaciones contractuales y aunque tenían claro objetivos generales, no habían desarrollado planes para la ordenación de posguerra. El hecho de que en un principio la guerra se antojase breve pospuso semejante contingencia, pero el paso a una larga guerra de posiciones fue perfilando los planes de los contendientes para adaptarlos a los nuevos aliados o a la coyuntura de los combates. 
Es de sobra conocido el plan que, tras los tratados de Versalles, impusieron los vencedores a los Imperios Centrales y que desembocaría en un nuevo conflicto general en Europa y en el mundo. Un conflicto cerrado en falso que, al igual que la guerra Franco-Prusiana de 1871, generó un ánimo revanchista, pero esta vez al este del Rhin. 
Resulta muy curioso, por contra, leer estudios sobre los planes para la paz en el caso de que la victoria de los Imperios Centrales se hubiera materializado. No como un ejercicio de ucronía o historia contrafactual, sino como estudios de planes descritos en los objetivos de guerra de los distintos aliados de los Imperios centrales. Aunque resulte muy jugoso caer en el ejercicio intelectual de ¿qué hubiera pasado si...? David Stevenson en su magna obra sobre la Primera Guerra Mundial (1914-1918) analiza entre batalla y batalla los objetivos de guerra de los distintos contendientes para entender mejor la dirección de su esfuerzo bélico. 
Obviamente se trata de un ejercicio arduo y muy frustrante, porque se conserva poca documentación al respecto y porque nunca sabremos dónde terminaba el plan real y dónde empezaban los movimientos meramente políticos para dividir al enemigo o la propaganda. Como los Imperios Centrales no tuvieron la oportunidad para plasmar su plan de paz nos encontramos en un terreno muy resbaladizo, por lo que el autor prefiere tratar semejante información para arrojar un poco de luz sobre los esfuerzos bélicos de ambos contendientes. 
Uno de los primeros aspectos que hay que tener en cuenta es el equilibrio entre las potencias dentro de las distintas alianzas. No se comportará de igual modo la Entente que los Imperios Centrales.
Existía un mayor equilibrio entre los miembros de la Triple Entente. Rusia y Francia eran dos potencias eminentemente continentales, mientras que Gran Bretaña era la potencia marítima por antonomasia. En un principio, cuando la guerra se preveía corta y su principal (y único) escenario sería el de tierra firme, la Fuerza Expedicionaria Británica (a penas seis divisiones) no era de vital importancia. Aunque se tratasen de divisiones entrenadas y que habían entrado en combate hacía no mucho, el número de víctimas harían que no fuesen determinantes. Pero el peso del Reino Unido en el conflicto solo podía aumentar cuando la ofensiva alemana fue detenida mostrando las graves deficiencias de las modificaciones del Plan Schlieffen. La estabilización de los frentes en Europa y el paso a la guerra de posiciones hizo que el movilizar los recursos imperiales y la apertura de nuevos frentes por todo el globo aumentara la importancia del Reino Unido como aliado. 
Alemania era indiscutiblemente el socio principal de los Imperios Centrales, por tanto, aunque la guerra había comenzado como una contienda en los Balcanes, serán sus objetivos de guerra los que marquen el desarrollo de la estrategia de la Alianza.
La principal prueba documental que nos ha quedado sobre los planes alemanes lo constituye el llamado "Plan de Septiembre" presentado por el Canciller Imperial Bethmann-Hollweg en septiembre de 1914.
En dicho plan se buscaba "la seguridad del Reich por el mayor tiempo posible" para lo que era necesario alejar a Rusia lo más posible de sus fronteras orientales y dejar a Francia tan debilitada que no fuera posible el ánimo de revancha.
Así mismo se esperaba aumentar las colonias del Reich en África posiblemente a costa del Congo Belga.
Con respecto a las anexiones en Europa la mayor parte de potencias de ambos bandos coincidían en que era contraproducente la anexión de amplios territorios ajenos a la nacionalidad anexionista. Al fin y al cabo todos eran conscientes de las dificultades internas que llevaba sufriendo Austria-Hungría desde el auge de los movimientos nacionalistas. Por eso, aunque las anexiones planteadas por el Plan de Septiembre no eran cuantiosas sí eran significativas y de un alto valor estratégico: Luxemburgo, Lieja, Amberes, la región minera francesa de Briey, los Vosgos occidentales y probablemente una franja costera en el canal de la Mancha que incluyese Dunkerque y Boulogne. Para lo demás se establecería un control económico y una dependencia de Alemania. Así Francia sería enormemente dependiente de la economía alemana y se le haría pagar una fuerte indemnización de guerra. Bélgica sería formalmente independiente pero también económicamente dependiente del Reich, y con una política exterior subordinada a sus intereses.
Para la ordenación general del continente, los planes se centraban en la creación de un gran espacio aduanero que subordinase el corazón de Europa a Alemania. Fue la llamada Mitteleuropa, donde además de Francia y Bélgica (en calidad de Estados dependientes del Reich) también se integrarían el Imperio Austro-Húngaro, Holanda, Escandinavia y la nueva Polonia surgida como Estado tapón a expensas de territorios rusos. 
Aunque nos puede parecer excesivas, lo cierto es que el "Plan de septiembre" es solo un mero borrador y así era considerado por los políticos en Berlín. De hecho fue presentado como "borrador provisional para una paz en Europa". Lo que tiene de significativo el documento es que es el único plan por escrito del que disponemos sobre las motivaciones postbélicas alemanas. Y en muchos aspectos era solo una compilación de ideas de difícil realización. El caso de la MittelEuropa era una idea que entusiasmaba a los políticos, pero nunca tuvo un apoyo empresarial en toda regla, puesto que los mercados alemanes estaban situados fuera de la demarcación de lo que sería esa zona económica subordinada al Reich. De ahí que haya que matizar mucho la importancia del documento, pues corremos el riesgo de caer en un ejercicio de Historia-Ficción. 
De hecho es solo una muestra de por dónde iban las ideas de los políticos en Berlín, porque el propio Bethmann-Hollweg y el ministro de guerra Falkenhayn sabían que no podrían conseguir una victoria de permanecer la triple Entente unida en un conflicto prolongado, por lo que se buscaba desesperadamente una paz por separado con Rusia que permitiese a Alemania romper el impasse del frente occidental. Con todo, las negociaciones para firmar una paz por separado con Bélgica indican al historiador que el borrador, por impreciso que fuera, sí marcaba ciertas líneas maestras ya que las condiciones alemanas expuestas a los enviados del rey de Bélica así lo indican: Bélgica formaría parte de la unión aduanera alemana, se produciría una desmilitarización del país, el libre tránsito para las tropas alemanas, una ocupación militar con duración indeterminada, la cesión de una base naval costera, así como la cesión de todas las acciones de la compañía de los ferrocarriles belgas. Obviamente las negociaciones no llegaron a buen puerto, pero es muestra de que Berlín no quería que Bélgica escapase a su área de influencia aún a costa de fracasar sus negociaciones de paz. La idea de políticos y militares alemanes coincidían en lo esencial con lo esencial del Plan de Septiembre. Planteaban una unión monetaria bajo el marco alemán, una franja costera a disposición de la marina alemana, así como una serie de medidas destinadas a debilitar la unidad belga como una administración y educación separadas para la zona flamenca.
Los objetivos en el frente oriental nunca estuvieron tan definidos ya que se iban configurando en función de las necesidades bélicas. Alemania tenía la esperanza de poder arrancar a Rusia una paz por separado (como así fue en 1917 aunque no bajo esas circunstancias) y por ello la documentación no es tan precisa sobre los planes de posguerra. Aunque se preveía la anexión de una pequeña franja báltica, nunca se precisó sobre qué hacer con la Polonia dividida entre las tres monarquías absolutas del momento. Se tonteó con la idea de crear un principado polaco dentro de la Monarquía de los Habsburgo, algo disparatado pero que el Reich apoyaría antes de sumar una cantidad inasimilable de polacos a Alemania que, a la larga, sería perjudicial para la cohesión interna del país. 
Al final la historia es la que es y los acontecimientos y tratados fueron los que todos bien conocemos. La tarea del historiador es el estudio de lo que fue, no de lo que pudo ser, por eso un análisis de los documentos que establecen una paz bajo victoria alemana se acercan peligrosamente al campo de la historia contrafactual. Con todo una cosa se desprende del estudio de esta documentación y es que los Imperios Centrales hubieran impuesto una paz tan draconiana como la impuesta por los planes de la Entente, solo suavizada por las presiones de Estados Unidos.