miércoles, 31 de julio de 2013

Diplomacia en tiempos de ostracismo


Una vez terminada la guerra, los responsables de Exteriores nacionales y extranjeros se preguntaron qué iba a suceder con el régimen español salido del 18 de julio. Un régimen que en el mejor de los casos había sido ambiguo y en el peor un cercano colaborador del Eje.
Cuando la victoria cambió de bando, los miembros más recalcitrantes del falangismo fueron desalojados de sus carteras ministeriales y sustituidos por otros más dóciles al dictador. En Exteriores se produjo el cambio de mayor importancia. El arquitecto del régimen, Serrano Suñer, dejó paso al militar anglófilo Conde Gómez-Jordana que se afanó en alejar al régimen del Eje. A pesar de los esfuerzos de Jordana, el régimen continuó lanzando bravatas y palabras de afiliación al bando perdedor que en nada ayudaron al país.
Al finalizar la guerra, muchas fueron las presiones para que, tras Italia y Alemania, el régimen de Franco fuera el siguiente en caer, pero antes mismo de que la II Guerra Mundial terminase los principales miembros de la Gran Alianza ya se estaban preparando para la siguiente contienda. Cuando se acercaba el final del conflicto, la URSS presionó para que el bloque angloamericano enfriase sus relaciones con el régimen de Franco. En una carta conjunta angloamericana, que fue redactada en términos más duros de los que Churchill hubiera deseado, ambos países condicionaban sus relaciones y la inclusión de España en los nuevos organismos internacionales a cambios en la escena política. 
La situación no cambió durante la Conferencia Postdam; allí los soviéticos plantearon la posibilidad de desestabilizar el régimen para dar a los españoles la oportunidad de elegir su destino. Pero los británicos se alarmaron ante la posibilidad de avivar un nuevo conflicto interno, conflicto donde las simpatías de británicos y soviéticos no estarían del mismo lado. Así que Postdam se saldó con nuevas amenazas y la consolidación del veto a su entrada en la ONU.
Las amenazas de la Comunidad Internacional hicieron mella en muchos elementos del régimen. El Ejército, tradicional antagonista de la Falange, vio confirmado sus peores temores sobre la aproximación falangista al Eje y las nefastas consecuencias que estaba teniendo. La asfixiante situación internacional parecía forzar un cambio en España y muchos generales presionaron para que se produjese una restauración monárquica. Al fin y al cabo la mayoría del generalato se había sublevado en aras de una restauración y el momento parecía de lo más propicio para aplacar los ánimos de las potencias victoriosas.
En este momento el Generalísimo supo evaluar hasta dónde iban a llegar las veleidades angloamericanas y las presiones de sus colegas en favor de la solución monárquica. Franco sabía que ambos países no deseaban intervenir en la península desestabilizándola, solo deseaban algunos cambios para "hacerla más presentable ante la comunidad internacional" y la mejor opción para ello era la solución de una monarquía conservadora, apoyada por el ejército, que diese cabida a un partido socialista moderado. Así que el dictador se esforzó en hacer parecer la opción de Don Juan irreal y tener que optar entre una península desestabilizada que pudiese caer del lado soviético con fatales consecuencias o él. Franco había evaluado la situación internacional de posguerra mucho mejor que sus opciones durante la guerra. Sabía que el matrimonio entre Angloamericanos y Soviéticos no iba a durar y que solo tenía que aguantar lo suficiente como para que su divorcio hiciera del régimen de Franco un mal menor. Con el tiempo, la situación estratégica de España como puerta del Mediterráneo iba a suponer su salida del ostracismo internacional.
Pero hasta entonces, España era un apestado internacional. 
Hubo que esperar hasta la guerra de Corea (1950-1953) para ver una cierta rehabilitación del régimen. La contienda y la sensación de que el mundo se aproximaba a una III Guerra Mundial hicieron que la estratégica situación de la Península Ibérica resultasen vitales para el control del Mediterráneo. Junto con el Bósforo y los Dardanelos, EEUU controlaba las únicas salidas a un mar cálido que tenía la URSS en occidente.
En el lapso de tiempo comprendido entre el final de la II Guerra Mundial y la Guerra de Corea, el régimen hizo los deberes para parecer más aceptable en la escena internacional. Internamente había domado a la Falange reduciéndola a un mero aparato burocrático e ideológicamente se había acercado al nacional-catolicismo, aunque las sucesivas reformas ministeriales seguían manteniendo un cauto equilibrio entre las familias de régimen, sólo que ahora los falangistas elegidos para las sucesivas carteras estaban menos comprometidos con la "revolución nacional sindicalista".
En Exteriores, la labor que tenía por delante el Ministro Artajo era inmensa. Rehabilitar la imagen internacional del régimen no iba a ser cosa fácil debido a que sus acciones en busca de aliados estuvo entorpecida por continuas bravatas desde El Pardo. 
Alberto Martín-Artajo tuvo que buscar socios entre los países que no aborrecían abiertamente su régimen. La estrategia se centró en buscar alianzas entre los países iberoamericanos y los miembros de la Liga Árabe. 
Los primeros eran candidatos fabulosos porque, salvo México que tenía una fuerte relación con los exiliados republicanos, se podía explotar los lazos culturales sin que EEUU lo considerase una intromisión en su "patio trasero". España tuvo un aliado excepcional en la figura de Juan Domingo Perón, líder argentino con el compartía sus filias autoritarias. Las relaciones comerciales con argentina fueron enormemente beneficiosas para el régimen falto de mercados internacionales donde importar las materias primas más básicas. Obviamente las relaciones se enfriaron en cuanto España, falta de divisas, se mostró incapaz de devolver los créditos o afrontar las cuantiosas importaciones. Pero internacionalmente Argentina cumplió el papel de introducir a España poco a poco en Iberoamérica y le permitió ir sorteando las sanciones de Naciones Unidas gracias a sus votos. La visita de Eva Perón a España en medio del ostracismo internacional supone la imagen más evidente de la ayuda que supuso Argentina. 
Otros apoyos que el régimen fue sumando a su haber lo constituyen los Estados árabes. La iniciativa surgió de Carlos Miranda y Quartín, diplomático acreditado en El Cairo, quien mostró la conveniencia de atraer a un grupo de países que no parecía tener escrúpulos con la adscripción política del régimen. 
También la relación con el Mundo Árabe sufrirá altibajos marcados por la cuestión colonial española. Pero por lo general España pudo beneficiarse de su apoyo en Naciones Unidas. Antes de que la cuestión marroquí estallase y alejase al Mundo Árabe de los intereses españoles, la fundación del Estado de Israel y la negativa española a reconocerlo sentarían las bases de la relación hispano-árabe. España vendió en secreto armas a los árabes durante la I Guerra Árabe-Israelí. Pero la derrota árabe hizo que el régimen replantease su postura hacia Israel. El voto Israelí en contra del levantamiento de las sanciones de la ONU hizo que España se decantase definitivamente por cultivar relaciones con los Estados árabes. Así, las primeras visitas de Jefes de Estado extranjeros a España tras 1945 serían de líderes árabes. España iría de la mano de ellos y de los dirigentes iberoamericanos en su rehabilitación internacional. Primero se levantaron las sanciones de Naciones Unidas y más adelante se logró la adhesión a varias de las agencias de la ONU (UNESCO, OMF, etc) antesala de la definitiva adhesión en 1955. 
Con la rehabilitación del régimen, se produjo la sustitución de Artajo en Exteriores. Entraba un profesional del Cuerpo diplomático: Fernando María de Castiella. 
Castiella, ingenuamente, pensaba que los cambios en política exterior podían forzar cambios en el interior y, con ellos, poder llevar a cabo una acción más independiente. Pero las dictaduras son inmovilistas y Castiella erró en sus cálculos. Llevó a cabo una profesionalización del cuerpo diplomático despolitizando la acción exterior para alejarla de los estigmas del régimen. De ahí que su gestión tenga lecturas desiguales. Se hicieron notables avances en acuerdos comerciales y negocios, pero en política exterior no hubo avances significativos, y no era por su falta de profesionalidad, sino por la constante intromisión de la Secretaría de Presidencia del Gobierno en asuntos tan capitales como la descolonización africana o las negociaciones para recuperar Gibraltar. Se produjo un acercamiento a la CEE en lo relativo a acuerdos comerciales que beneficiaron enormemente a la industria nacional, pero no se fue más allá. La política comunitaria era el escenario pensado por Castiella para forzar cambios en el interior del régimen si se deseaba la completa adhesión al club comunitario. Aquí falló la intuición del Ministro, puesto que del régimen no estaba dispuesto a acometer las reformas exigidas por Bruselas y la CEE jamás aceptaría a España como socia hasta que se dotase de instituciones plenamente democráticas. 

miércoles, 24 de julio de 2013

La política exterior franquista durante la II Guerra Mundial.


Han corrido ríos de tinta analizando las múltiples dimensiones de la política exterior franquista. Es difícil hacer un juicio equilibrado sobre la figura del dictador debido a que sus logros personales conviven con una enorme mediocridad intelectual. Semejante debilidad intelectual no debe llevarnos a minusvalorar su habilidad política, que no era poca y no explica su capacidad para capear la cambiante situación internacional para seguir en el poder. Pero dicha habilidad política no debe hacernos considerar al dictador un genio político como, sin duda, defienden sus hagiógrafos.
Lo cierto es que los objetivos de la política exterior del régimen de Franco se pueden resumir en uno: la supervivencia del régimen en un escenario que en un primer momento se presentaba enormemente hostil.
Durante la Guerra Civil y los primeros años del victorioso régimen del 18 de Julio, la cartera de exteriores estuvo en manos del Conde Gómez-Jordana y el militar Juan Luis Beigbeder, ambos declarados anglófilos, por lo que duraron hasta el derrumbe de Francia en 1940.
Las evidentes simpatías fascistas y las clientelas a las que estaba sujeto el régimen por la vital ayuda prestada durante la Guerra Civil lo afianzaron pronto al Eje. A esto hay que sumar que el arquitecto del nuevo Estado salido del golpe de Estado, Ramón Serrano Suñer, cuñado de Franco y destacado falangista, estaba claramente por el alineamiento de España con el Eje. Motivo que inclinaron a la diplomacia española a suscribir el pacto anticomintern.
El derrumbe de Francia, la entrada de Italia en la guerra (auténtico espejo del régimen) y el posible reparto del botín africano abrieron paso hasta el Palacio de Santa Cruz al "cuñadísimo" del dictador con la misión de sondear a las potencias fascistas para entrada de España en la guerra y sus condiciones. A tal efecto se produjeron varios viajes de Serrano Suñer a Berlín y de destacados mandatarios nazis a Madrid que culminaron con las célebres entrevistas de Franco y Hitler en Hendaya y con Mussolini en Bordighera.
Hay muchísimo debate sobre la entrada de España en la II Guerra Mundial. Los defensores del régimen (incluso hoy en día) aseguran que el caudillo fue el salvador que mantuvo a España fuera de la guerra cuando todos empujaban en esa dirección. Los críticos del régimen aseguran que fue al revés, que era Hitler quien no estaba interesado en tener una rémora como España lastrando sus campañas. Personalmente creo que ambos tienen razón (obviamente eliminando los tintes ideológicos) pero hay que fijarse en los momentos de la guerra, puesto que España pasó por los dos casos.
La entrada de España en la guerra parecía ir de cara cuando Francia se desmoronó en junio de 1940 precipitando la entrada italiana en la contienda para asegurarse el botín francés en el Mediterráneo. Muchos sectores del régimen y posiblemente el propio dictador verían con buenos ojos la entrada de España en la Guerra al lado de Alemania. Los factores que empujaban a favor de la entrada española en la contienda se resumen en el corolario "ahora o nunca". El naciente régimen del 18 de julio tenía un componente ideológico pro fascista que ahora se apoyaba en las victorias del Eje. Aunque el generalísimo era ante todo un militar conservador, parecía dejarse llevar por el cálculo de una inminente victoria del Eje y deseaba para España un lugar preeminente en el Nuevo Orden internacional fascista. A esto hay que sumarle el que España tuviese cuantiosas deudas con sus homólogos dictadores debido a los suministros y ayudas prestados durante la Guerra Civil, deuda que Franco quería saldar.
Pero también había factores estratégicos de peso que desaconsejaban esta aventura.
Franco necesitaba para la reconstrucción del país muchas materias primas, sobre todo las derivadas del petróleo, y éstas estaban mayoritariamente en manos aliadas. Un acercamiento a las potencias del Eje suponía el final del abastecimiento,  sin que Alemania fuese un sustituto fiable debido a su propio esfuerzo bélico. 
A esto se le suma el soborno sistemático por parte del Reino Unido de la cúpula militar franquista para mantener a España fuera de la guerra. Los hechos, esclarecidos por el hispanista británico Denis Smyth, han sido avalados recientemente por documentación desclasificada británica. La cúpula militar del régimen recibía pagos periódicos para mantener el ánimo del régimen lejos de las veleidades del Eje que deseaba intervenir en Gibraltar para estrangular el vital paso de mercancías del Imperio hacia la metrópoli británica.
En este clima de incertidumbre se produjeron las reuniones de Franco con sus homólogos dictadores para negociar las condiciones de la entrada de España en la II Guerra Mundial.
En una entrevista que debió pasar a los anales de la historia por ser de lo más kafkiana, el Führer le planteó al Caudillo la posibilidad de que España entrase en la guerra. Tras el hundimiento francés y la derrota alemana en la batalla de Inglaterra, los Alemanes tenían que romper el impás y forzar la rendición británica ahora que la operación León Marino de invasión de la isla se había descartado. Algunos miembros del Estado Mayor alemán barajaban la idea de asfixiar las Islas Británicas cortando las vías de abastecimiento del Imperio. El plan se centraba en cerrar el Mediterráneo con la toma de Malta y Gibraltar, cortando el flujo de materias primas que llegaba de Oriente Medio y las Indias. Para llevar a cabo tal plan era imprescindible la entrada de España en la contienda.
Pero el precio exigido por el Caudillo era demasiado alto para el Führer. Franco demandaba el rearmamento y abastecimiento del maltrecho ejército español, así como que supliese las materias primas que recibía por parte de los aliados angloamericanos. No solo eso, territorialmente Franco quería hacerse con parte del Magreb francés, ahora en manos del régimen de Vichi. Esto ponía a Hitler ante el dilema de elegir entre dos potenciales aliados: la España de Franco o la Francia de Petain.
Hitler al final prefirió no iniciar un conflicto con Petain por la opción española, más aun cuando ésta requería un costoso desembolso de dinero, materias primas y armamento. Tampoco hay que olvidar el factor ideológico, Hitler deseaba invadir su mortal enemigo soviético y ahora que tenía las manos libres en el frente occidental podía dirigir todos sus esfuerzos bélicos hacia el este sin tener que meterse en una riña colonial africana entre sus "socios" mediterráneos.
Por tanto, en el momento de la entrevista en Hendaya, parece que la oferta española no sedujo al dictador alemán que prefirió que le sacasen tres o cuatro muelas antes de volver a reunirse con Franco. Pero el Caudillo no quería cerrar la puerta a una futura entrada en la guerra que le asegurase un lugar destacado en el nuevo concierto de las naciones. Por lo que, muy a pesar del Palacio de Santa Cruz, mudó la neutralidad por un nuevo estado de no beligerancia claramente alineado con el Eje.
Esta aproximación al Eje favoreció el nombramiento de Ramón Serrano Suñer como Ministro de Exteriores que deseaba la entrada de España en la guerra. 
Pero las ansias de Franco se esfumaron con las derrotas italianas en los Balcanes. No obstante los intentos de Serrano Suñer por caminar hacia la contienda no se detuvieron. Quiso aproximarse a Portugal para separarla de su tradicional aliada británica, pero la habilidad de la diplomacia portuguesa hizo que, a la larga fuese al revés, siendo la España franquista la que terminase cortando lazos con el Reich
Las circunstancias fueron alejando al régimen cada vez más de la guerra. En el exterior la situación había cambiado radicalmente; las esperanzas de una rápida victoria contra la URSS se difuminaron en el invierno de 1941-42 y con ellas la estrella de Serrano Suñer fue languideciendo en el interior. A esto hay que sumarle la entrada en Diciembre de 1941 de EEUU en la guerra. La amenaza explícita de una invasión de las Canarias que diese paso a un posible frente en la península por vía portuguesa y la imperiosa necesidad de materias primas que solo los aliados podían proporcionar a Franco evidenciaron el fatal error que casi comenten los dirigentes franquistas. Con todo, El Pardo no quería alejarse del todo ni tan rápido de su hermano alemán, con lo que siguió aprovisionando a Alemania (aunque cada vez menos) y cumplió con la propaganda anticomunista enviando a la División Azul a luchar en el frente ruso. 
Mientras las relaciones con Alemania se fueron enfriando, con los angloamericanos mejoraron. La posible invasión de la península por parte de los aliados para garantizar el éxito de la Operación Antorcha provocó la salida de Serrano Suñer del Palacio de Santa Cruz y su sustitución por el Conde Francisco Gómez-Jordana. Fue Jordana el piloto de este alejamiento de Alemania y su trabajo se centró en convencer al dictador que se atuviera a la más estricta neutralidad, ya que de ella dependía la supervivencia del propio régimen. 
Los angloamericanos dieron garantías a Franco que la Soberanía de España sería respetada mientras se mantuviera fuera de la Guerra. 
Una vez iniciada la invasión del norte de África por los aliados, las presiones alemanas sobre España se incrementaron para que, a través de España, el Reich asestase un duro golpe a la retaguardia de las tropas aliadas. En este momento, en 1942, se enmarcan las acciones del régimen para mantener España fuera de la guerra.
Por tanto, los esfuerzos de Jordana se encaminaron hacia una aproximación a los aliados sin hacer desplantes de envergadura al Reich. Para ello fue de suma importancia la iniciativa Iberista portuguesa, obviamente trazada desde Londres, que pretendía mantener una Península Ibérica neutral. La política Iberista planteada por Salazar daba la oportunidad a Franco de desarrollar una política autónoma (o al menos simularla) que le permitía alejarse paulatinamente de la estrella en declive de Alemania. Un ejemplo de esta independencia Iberista lo supuso la creación de la fantasmal república Social Italiana (La República de Saló) en diciembre de 1943. Rápidamente los alemanes presionaron a Franco para que la reconociese, pero Jordana logró mantenerse firme y conseguir que el régimen no cometiese semejante insensatez.
Aunque los logros de Jordana en pro de la neutralidad y el acercamiento al bloque angloamericano fueron de importancia en el período final de la guerra se puede hablar del momento más negro de la diplomacia española durante el siglo XX. A pesar de la labor de Jordana, el régimen continuó haciendo gestos y bravatas que hicieron de España un paria internacional cuando terminó la guerra. 
Por tanto, el debate sobre quien es el salvador que mantuvo a España fuera de la Guerra hay que desvincularlo de pasiones y pensar que depende del momento bélico. Ni Franco salvó a España de entrar en la guerra ni lo hizo Hitler ante las desproporcionadas peticiones del dictador. Cada uno se movió según sus propios intereses y según el momento político. Personalmente si tengo que elogiar a alguno, me quedaría con la inmensa labor llevada a cabo por Gómez-Jordana para salvaguardar la neutralidad española y avanzar hacia un acercamiento al bloque angloamericano. 

viernes, 19 de julio de 2013

Una política exterior a su medida.


Al analizar los distintos ministros de exteriores del Reino de España y sus políticas llama la atención su falta de coordinación más allá del comprensible enfrentamiento político. Es cierto que dos son los ejes que han guiado la política exterior española durante la III restauración borbónica: Iberoamérica y la Unión Europea, pero el desarrollo, la intensidad y objetivos han sido sumamente desiguales y esta falta de homogeneidad nos traslada un sentimiento de cierto fracaso.
Ha habido éxitos notables. La cohesión de un área iberoamericana más allá de las relaciones bilaterales, con la institucionalización de las Cumbres ha supuesto un aumento del peso específico de España en las Relaciones Internacionales como un actor regional a tener en cuenta.
Otro de los éxitos de nuestra diplomacia son las relaciones con el mundo árabe, por encima de nuestras desavenencias con el alauí reino de Marruecos. Una corriente que Exteriores ha heredado del régimen anterior y que ha sabido canalizar. España era visto por el mundo árabe como un amigo desinteresado, un país que, sin tener peso específico en el mundo y sin intereses espúreos, podía abrir ciertas puertas. Su mayor éxito en este ámbito fue la conferencia de paz de Oriente Medio celebrada en Madrid en 1991 y que fue, junto con Oslo, el último gran intento de alcanzar un acuerdo general de paz en la región que involucrase también a las grandes potencias.
Pero más allá de eso, la política exterior española esta siendo un vaivén de intereses cortoplacistas y políticas improvisadas en el mejor de los casos. En el peor fue el alineamiento servil con la política exterior de la administración Bush por encima de lo que eran los intereses nacionales. En mi opinión el Gobierno Aznar estaba en su derecho en alterar las líneas maestras de la política exterior, pero lo hizo de una forma que iba más allá de la consecución de los intereses generales de España y terminó por acabar con la presencia de su partido en el Gobierno de la Nación. El gobierno de Zapatero supuso otro eslabón más en la renqueante política exterior española. Sus acciones dañaron durante años las relaciones con Estados Unidos y en todo lo que atañe al amigo americano España fue un convidado de piedra. Emprendió una acción exterior muy rimbombate, la alianza de civilizaciones, junto con el PM Erdogan -que ahora pasa por sus horas más oscuras- que no dejó de ser una ocurrencia más sin contenido.
La gran carencia de la política exterior española es sin duda Portugal. No tener en cuenta a la otra parte de la península es un olvido y una negligencia imperdonable, más en estos tiempos donde parece que la política europea canaliza todos los esfuerzos de Exteriores. Que la península Ibérica no realice reuniones formales antes de los Consejos Europeos como hacen Francia y Alemania me parece imperdonable. Es cierto que nunca vamos a tener el mismo peso que otras alianzas (como los escandinavos o el Benelux) pero somos países muy parecidos y nuestros intereses van de la mano. España debería aprovechar más la privilegiada salida al atlántico y a Brasil que otorga Portugal y cerrar los lazos para una alianza muchísimo más estrecha. Que a estas alturas no exista tal coordinación es imperdonable.
Pero si echamos un vistazo a las cancillerías europeas la cosa no está para tirar cohetes. Hay pocos países que desarrollen una política exterior a la altura de sus necesidades y con objetivos realistas y medios para llevarlos a cabo. Bien encontramos que hay países que pecan por exceso o por defecto en relación necesidades/capacidades.
Según mi parecer el ejemplo más evidente de una política exterior que excede con mucho las capacidades y las necesidades de su país es la del Reino Unido. La Corte de Saint James tiene una política exterior y unos servicios de inteligencia que actúan muy por encima de las capacidades y de las necesidades del Reino. Pensar que el Reino Unido sigue siendo un Imperio o una potencia de primera fila es errar desde el principio en los objetivos de su política exterior y es malgastar el dinero del contribuyente que está derrochando miles de millones de libras en la renovación de un programa militar nuclear de dudosa utilidad y en un sistema de escuchas planetarias que de poco les sirve. Una cosa es espiar una cumbre para negociar mejor el mantenimiento de sus paraísos fiscales y su sistema de patente de corso financiera y otra muy distinta pensar que puede mantener codo con codo una política de espionaje al nivel de Estados Unidos. El problema del Reino Unido es que el declive de su poder como potencia no vino tras una aplastante derrota como el caso de España, sino como consecuencia de una victoria de la dejó exhausta, por lo que no ha terminado de asimilar su papel en el mundo como una potencia regional de primer orden, pero regional al fin y al cabo. No estoy defendiendo que el papel del Reino Unido en el mundo sea minúsculo, solo que tiene una Política Exterior y unos servicios de inteligencia que exceden con mucho las capacidades de actuación del Reino.
En el continente europeo nos encontramos con el ejemplo contrario. Un país con un poder creciente, con una influencia cada mayor que tiene una política exterior miope: Alemania.
Si bien Alemania es demasiado grande para Europa, pero demasiado pequeña para el mundo, los diplomáticos de la Bundesrepublik se comportan como una pandilla de aficionados en comparación con el Foreign Office. El miedo y los complejos alemanes les impide ejercer una política exterior a su altura y eso ha dado lugar a muchos malentendidos. La obsesión que tienen los alemanes en ejercer su influencia por medios poco directos y bajo el paraguas comunitario ha dañado mucho la imagen de la UE, más en estos tiempos de crisis.
Alemania ya ejerció una fatal influencia en la guerra de los Balcanes imponiendo su criterio a los socios comunitarios bajo amenaza de torpedear el Tratado de Maastricht si no se plegaban a aceptar la independencia de sus antaño aliados Eslovenia y Croacia.
La rápida adhesión griega a la UE, su integración en el euro y la sucesión de rescates fracasados que ha puesto al Euro contra las cuerdas es una consecuencia casi directa de la política exterior germana. A nadie se le escapaban las corruptelas y chanchullos del país heleno en 2001 cuando no cumplía los criterios de cohesión para su entrada en la moneda única. Pero se hizo la vista gorda porque a Berlín le interesaba que Grecia compartiese su moneda a fin de seguir manteniendo un gran socio comercial, sobre todo en lo referente a equipamiento militar. La sangría de rescates a cuenta de la UE (en gran parte aportados por el contribuyente alemán) no hacen otra cosa que esconder las monumentales pérdidas de los principales acreedores del país heleno: los bancos Alemanes. La degradación de la calidad de vida en Grecia y, con ella, la fortaleza de sus instituciones será una consecuencia de la mala política exterior germana.
Otra torpeza alemana que esta siendo fatal para el proyecto comunitario fue presionar para la rápida entrada en la UE de sus vecinos eslavos siguiendo cálculos económicos nacionales. Ahora los alemanes dan marcha atrás e intentan torpedear todo cuanto proceso negociador hay en marcha, siempre, claro esta, después de compensar a su tradicional aliado croata con una rápida adhesión.
Parece como si el Ministerio de Exteriores Alemán estuviera luchando de nuevo contra el Tratado de Versalles, solo que ahora se trata del Acta Final de la Conferencia de Helsinki que aseguraba la inviolabilidad de las fronteras de posguerra. Alemania ha moldeado las fronteras tras la caída del muro de Berlín como le ha venido en gana sin contar con sus aliados, con amenazas y con consecuencias nefastas. Si bien las guerras de Yugoslavia puede que fuesen inevitables, la actuación alemana las precipitó por encima de cualquier acuerdo negociado.
En su momento, la reunificación se hizo de forma unilateral sin contar con sus socios y, a la postre, ganadores de la II Guerra Mundial. La DDR entró en la CEE en 1991 por la puerta de atrás sin negociación alguna y eximió a Bonn de sufragar el presupuesto comunitario durante muchos años. La rápida adhesión de Europa al  Este continental fue fruto de intereses germánicos que deseaban abrir esos mercados a sus productos sin tener en cuenta el daño que esa ampliación está haciendo hoy al proyecto comunitario. El Ministerio de Exteriores germánico se esconde en que hubiera sido mucho peor dilatar su integración en la familia comunitaria en un ejercicio inútil de casuística, puesto que no sabemos lo que hubiera pasado y sí los desajustes que las adhesiones de no pocos países del Este están causando. Baste solo citar las difíciles adhesiones de Rumanía y Bulgaria, o los experimentos autoritarios de Orban en Hungría. 
Por tanto aunque en el Palacio de Santa Cruz no se diseñe la mejor política exterior para el Reino de España, las políticas exteriores de los países citados dejan bastante que desear teniendo en cuenta el cálculo necesidades/posibilidades. 
En España se debería tender más hacia el modelo anglosajón de arquitectura diplomática. Cada cierto tiempo los técnicos de Exteriores, miembros de Think Tanks (En España sería el Real Instituto Elcano) y expertos profesores se deberían reunir para fijar los objetivos y medios de la Política Exterior Española que cada Ministro de Exteriores desarrolle. De modo que la alternancia política no suponga fracturas difíciles de cerrar como los episodios de la Guerra de Iraq o el plante de Zapatero.