lunes, 6 de mayo de 2013

Golpe palaciego en Downing Street


El liderazgo que ejerció la señora Thatcher estuvo en consonancia con su forma de actuar en los demás aspectos de su vida política. Era enérgica, tenaz y, en muchas ocasiones, autoritaria. MT fue una política que hizo de la necesidad virtud. Logró imponerse un elitista partido Conservador a base de ese esfuerzo y tenacidad. No era alguien perteneciente a la cepa elitista de líderes del partido. No había ido a grandes colegios y no procedía de una gran familia. Pero gracias al dinero del negocio local de su padre y a su propio esfuerzo logró entrar en Oxford. Probablemente sin ese aval universitario nunca pasaría de ser la hija de un tendero. Y lo fue durante muchos años dentro del partido Conservador.
Fue la parálisis del Partido durante el gobierno de Edward Heath y su derrota ante los laboristas la que posibilitó el ascenso al liderazgo de alguien tan ajeno a su establishment.
El Partido la nombró líder tras el congreso de 1975 aunque no lo había ganado. William Whitelaw se hizo a un lado favoreciendo a una líder enérgica que pudiera sacar al partido de la mediocridad de Heath con un nuevo programa que resultaba revolucionario dentro del anquilosado Partido Tory.
Durante sus muchos años en Downing Street, Margaret Thatcher tuvo que luchar contra la oposición, contra los sindicatos, contra los argentinos, contra los líderes comunitarios y contra sus propios colegas de partido. Finalmente serían sus colegas quienes le harían abandonar el ejecutivo.
Durante su primer gobierno, la PM tuvo que transigir para dar unidad al partido y no hizo ningún cambio en el Shadow Cabinet hasta 1981, tras el congreso de Blackpool, en donde los malos resultados de su política económica le llevó a atajar una rebelión interna, apartando a los wet del gabinete. Fue un primer toque de atención para MT sobre las disidencias dentro del Partido.
El segundo motín lo protagonizaría el que sería su gran dolor de cabeza en el Partido: Michael Heseltine. En 1986 era Ministro de defensa y organizó un escándalo aduciendo que una empresa británica de defensa iba a ser adquirida por una estadounidense sin que la PM hiciese nada. Heseltine defendía la creación de un consorcio europeo de defensa que evitase la absorción americana. Thatcher se negó y para salirse con la suya filtró una carta confidencial sobre el asunto. Filtración que le terminó afectando personalmente y le obligó a defender ante sus colegas su honorabilidad para mantener la confianza de la bancada conservadora.
Sea como fuere, el incidente marcaría el creciente peso de los asuntos europeos en la agenda exterior de MT y la división de los Tories sobre cómo abordar los distintos asuntos comunitarios terminaría erosionando el liderazgo de la PM. No hay que olvidar que a finales de los setenta los Tories defendieron la permanencia en la UE y los laboristas de James Callaghan la pusieron en duda convocando un referéndum.
Los miembros del Partido Conservador no podían defenestrar a la líder que les estaba manteniendo en el gobierno durante tres legislaturas, el más prolongado período de un gobierno en el siglo XX, por mucho que les incomodase su autoritarismo. Sobre todo cuando las medidas de Thatcher en muchos campos empezaban a dar sus frutos y menos después de la enorme popularidad que la Dama de Hierro había cosechado tras la victoria en las Malvinas.
Fue su más leal colaborador, Sir Geoffrey Howe, el que haría estallar las disputas en el seno del partido para sustituir a Margaret Thatcher. Y fue la política comunitaria la que comenzó a socavar la relación entre la PM y su ministro de exteriores. Howe estaba a favor de la integración británica en el Mercado Común y había luchado por la adhesión británica al Mecanismo Europeo de Tipos de Cambio. La política comunitaria era ajena a la bancada Tory, pero la situación económica había comenzado a deteriorarse y los diputados comenzaron a estar más atentos a si una posible destitución del líder del partido les ayudaría a mantener el escaño.
Las disputas crecientes entre la PM y su secretario del Foreign Office provocaron la salida de éste. Howe había sido un grandísimo colaborador de MT y pasó a ser el viceprimer ministro y presidente de la cámara de los Comunes, pero el deshonor con el que Thatcher lo despachó a un cargo insustancial de la política británica acentuaron la desconfianza del gabinete hacia su líder. Ante esto, Sir Geoffrey Howe dimitió lanzando un incendiario discurso en el parlamento sobre los motivos de su renuncia que parecía dar rienda suelta a los conspiradores.
Michael Heseltine recogió el guante lanzado por Howe. Fue el abanderado del cambio de líder si eso les ayudaba a mantener el gobierno. El golpe sorprendió a MT fuera de las fronteras del Reino, cuando se celebraba en París una cena que celebraba el final de la Guerra Fría. Convencida de su liderazgo, subestimó la fuerza de sus adversarios y se abstuvo de regresar a Londres para defender su postura. Cuando lo hizo, tras haber ganado por la mínima la primera votación, ya era demasiado tarde. Su marido, Denis, la convenció de que era hora de dejarlo. Así que, Margaret Thatcher apoyó a un líder alternativo que aglutinase sus apoyos y otros para desbancar a Heseltine, éste fue John Major que ganó contra todo pronóstico las elecciones de 1992.
En definitiva, estamos ante una líder que no ha perdido unas elecciones desde que era una joven activista del Partido Conservador. Aunque alcanzó el liderazgo del partido por una carambola resultó ser una gran elección para devolver a los tories al Número 10. Pero sus muchos años de gobierno tienen luces y sombras que estos días han sido ampliamente analizados.
A modo de resumen diré que personalmente opino que MT insufló vitalidad a una adormecida y decadente sociedad británica al margen de los resultados económicos. La otra cara de la moneda fue que esa vitalidad, traducida en sus políticas liberales, dejaron en el cuneta a muchos trabajadores de sectores deficitarios que nunca volverían a trabajar. Se crearon bolsas de pobreza y restricciones que eran extrañas en el Reino desde la II Guerra Mundial.
Con todo, los gobiernos de MT no acabaron con el declive industrial del Reino Unido. Durante sus gobiernos se perdió el 24% del empleo manufacturero. Cuando llegó a Downing Street existía un superávit en la balanza comercial no petrolífera y cuando lo abandonó, un déficit de 25 mil millones de libras. Acabó con el superávit de la cuenta corriente de la balanza de pagos. Durante la década de los ochenta la productividad del trabajador británico se encontraba por detrás del alemán, francés, japonés, italiano y estadounidense. Las restricciones y la recesión acabo con la séptima parte de la industria de UK.
Sus logros fueron, en mi opinión, principalmente tres.
El primero de ellos fue controlar la inflación y, con ello, asegurar la supervivencia de la libra como divisa fuerte y los ahorros de los británicos. El segundo gran logro no fue reducir el gasto, porque las estadísticas lo desmienten, sino soltar el enorme lastre que el Estado tenía con muchas empresas deficitarias. Hizo posible la salud de las cuentas públicas de futuros gobiernos al no tener que cargar con ese lastre, a pesar de que ello supusiera en algunos casos un servicio de peor calidad y más caro.
Otra consecuencia de las políticas thatcheristas fue el crecimiento del sector financiero de la City londinense. A medida que el sector industrial menguaba, el financiero iba aumentando a la luz de la desregulación. No son pocos los analistas que atribuyen la crisis del sector en 2008 a éstas políticas que tuvieron que ser corregidas con un multimillonario rescate a la banca acometido por el gobierno de Gordon Brown.
Fue, junto con Winston Churchill, la política más determinante del partido Conservador y del Reino. Cambió por completo la forma de hacer política e introdujo una nueva corriente, la liberal, en el seno de un partido enormemente paternalista. Fue una figura rompedora al interrumpir la sucesión de elitistas líderes en el seno del partido.
No solo fue determinante en el seno de su propio partido. Sus políticas y su forma de hacer política hizo posible la reforma del laborismo y el nacimiento de una serie de líderes más centrados. La derrota de los sindicatos fue un mazazo inicial para el laborismo, pero a medio plazo supuso una mayor independencia del Partido. La radicalización inicial del laborismo provocó una escisión que a corto plazo aseguró la permanencia del partido conservador en Whitehall, pero a largo plazo supuso un revulsivo en el seno del laborismo que les llevaría a la fórmula ganadora del New Labour de la mano de Tony Blair

viernes, 3 de mayo de 2013

Los últimos gobiernos de Thatcher


La guerra de las Malvinas y la privatización de las viviendas sociales a sus inquilinos facilitaron la elección de Margaret Thatcher para dos legislaturas más. A ello contribuyó también la falta de pericia política de la oposición que, a la vista de las reformas económicas thatcheristas, se radicalizó provocando una ruptura dentro del partido. La radicalización de los laboristas, demasiado dependientes de los sindicatos, favoreció la escisión del ala más moderada, formados por socialdemócratas, que fundaron un partido homónimo que, más adelante se unirían a los liberales formando el actual partido Liberal-demócrata. Este hecho favoreció la división del electorado británico opositor a las políticas thatcheristas que tan beneficioso fue para la PM.
La victoria de la Dama de Hierro, le convenció para continuar con su agenda reformista que, en su segundo gobierno, tendría que enfrentarse a los sindicatos que protagonizarían una lucha a muerte por el alma del proletario británico.
La torpeza del líder sindical minero, Arthur Scargill fue tan determinante para el fracaso de la huelga del sector como la tenacidad de la PM. La huelga fue un desastre organizativo desde el principio. Scargill llevaba años intentando poner en pie de guerra a los mineros contra MT y había perdido las últimas votaciones para organizar una huelga a escala nacional. Así que esta vez inició una huelga en solitario e intimidó a los mineros para que lo siguieran. El momento elegido no pudo ser peor, en primavera cuando la demanda de carbón para calefacción disminuye. Así mismo, se emplearon transportistas no afiliados, con lo que se enemistó con los sindicatos de transportes que vieron como sus afiliados perdían ingresos mientras la actividad economía seguía su camino. El gobierno presionó reduciendo las ayudas para las familias de los huelguistas y la policía se esmeró para reventar las protestas.
La combinación de estos factores llevaron al fracaso de la huelga y, con ella, el poder de los sindicatos se vio drásticamente reducido. Este fracaso afectó al partido laborista, muy relacionado con los sindicatos. Además, la protesta no se limito a calles y minas, los laboristas llevaron a cabo una enconada oposición desde el parlamento y desde los municipios, principalmente el del Gran Londres que actuaba como un auténtico contra poder a las políticas de Whitehall. Londres y Liverpool, las ciudades más díscolas con las políticas thatcheristas, subieron los impuestos locales para recaudar lo que el gobierno de la nación les negaba por los recortes. Esto llevó en 1986 a la abolición del ayuntamiento del Gran Londres por parte de Margaret Thatcher y a unificar las vías de financiación local por la vía de un nuevo impuesto que pagaría toda persona por igual: el Poll Tax.
Este polémico impuesto fue el que más erosionó los gobiernos de Thatcher y el responsable último de su caída.
Con los sindicatos derrotados y la izquierda dividida, la tercera victoria de Thatcher cristalizó con relativa facilidad. Ésto animó a la PM a pisar el acelerador de su política liberal e implementó el programa de privatizaciones que iba a convertir el Reino en un país de empresas donde primase el individualismo. Se privatizaron los aeropuertos, el acero, el agua, la electricidad así como el Real Correo. Se desligó la educación de la administración para dar un papel protagonista a los padres y se obligó a la escuela a entrar en un mercado competitivo por tener más fondos y mejores alumnos. Especialmente sensible era todo lo tocante al Servicio Nacional de Salud (NHS), cuya reforma pretendía algo similar a la reforma educativa. Es decir, construir una especie de mercado sanitario transformando hospitales en sociedades sanitarias y a los médicos en accionistas de las misma para favorecer la competitividad y el mejor funcionamiento. Los tratamientos serían gratuítos para los pacientes, pero se incentivaba a los médicos a optar por los más baratos para obtener beneficios para la "empresa hospitalaria" de la que eran accionistas. Irónicamente la reforma obtuvo lo que quiso evitar: más burocracia. Los hospitales se dotaron de un gran número de contables que asesorasen sobre las finanzas de las "empresas hospitalarias". Se dedicó menos tiempo a los pacientes y más a captar clientes y accionistas con lo que la reforma fue un sonado fracaso que propició más de un rescate por parte del gobierno, el último por parte del actual inquilino del Número 10.
Pero la política que resultó más determinante en su retiro, o más bien en el motín en las filas de su partido, fue el polémico Poll Tax.
La política municipal era el bunker desde el que los laboristas intentaban torpedear las reformas thatcheristas. Los recortes realizados por Whitehall apenas llegaban al bolsillo del votante Tory debido a que los municipios incrementaban sus tasas. Los contribuyentes con menos ingresos estaban exentos de pagar, lo que hacía recaer el esfuerzo impositivo en las clases medias y altas. Era una situación que MT estaba dispuesta a solventar. Para ello redactó una reforma de la financiación municipal consistente en un solo impuesto municipal universal con independencia del nivel de riqueza. Si bien, los menos pudientes tenían una desgravación de hasta el 80%, el impuesto recaía sobre millones de personas que antes estaban exentas. El impuesto suponía un enorme agravio comparativo, ya que una persona que viviese en una gran mansión pagaría un impuesto, mientras que seis compañeros de piso pagarían seis impuestos, con lo que la oposición al Poll Tax era de un 70% cuando se introdujo en abril de 1990.
A pesar de que el tipo máximo de IRPF se redujo, las clases populares no se beneficiaron en absoluto de esta medida, es más, el Poll Tax supuso un incremento de sus impuestos en un momento en el que la economía británica estaba de nuevo de capa caída, algo que erosionó gravemente los apoyos al gobierno.
Otro de los grandes caballos de batalla fue la política europea. Aunque la PM llegó a Downing street siendo una europeista, su política se recortes chocó frontalmente con sus obligaciones contributivas para con el Mercado Común. No solo eso, el Reino Unido había visto cómo se incrementaban los costes de la alimentación debido a la PAC y a las directivas Comunitarias. Si a eso sumamos que el 51% de sus exportaciones no pasaban por Europa, la adhesión no parecía ser tan atractiva. No solo eso, recién llegada a Downing Street la Comisión comunicó a UK la subida en su cuota a la UE. Así que las batallas contra la Comisión comenzaron nada más llegar. Las batallas por el presupuesto comunitario, la renegociación de la PAC y el fiasco que había supuesto adherirse al Sistema Europeo de Tipos de Cambio (antesala de la unión monetaria) llevaron a Thatcher al célebre discurso de Brujas, nacimiento del euroesceptiscismo británico. MT abogaba por una Unión de países y no una federalización continental. Defendía que no había disminuido el gobierno en UK para ver cómo se acrecentaba un macro Estado Europeo. En frente tenía al Presidente de la Comisión Europea, el socialista francés Jacques Delors. Los intentos por ahondar en la integración europea contaron con la recurrente oposición de la tenaz PM quien, en su propia casa, veía cada vez más cuestionado su liderazgo. La batalla comunitaria mostró a muchos miembros de su partido que MT no solo se encontraba cada vez más sola dentro de sus fronteras, sino también fuera de ellas. Escenificado en el cébre discurso de los tres "noes", la intransigencia de la PM en política comunitaria supuso el pistoletazo de salida para las intrigas y su destitución en un golpe palaciego en el seno del Partido Tory.