miércoles, 23 de mayo de 2012

Crónica de un fracaso anunciado


Este fin de semana asistimos a una carísima y multitudinaria obra de teatro: la reunión de la OTAN en Chicago. Los personajes querían escenificar un final digno para el conflicto de Afganistán que esta siendo una sangría, más en los tiempos de crisis que corren. Pero ante todo nos quieren transmitir el final digno y la sensación de que no se ha estado tirando el dinero ni vidas en ese puñado de rocas que a nadie importa en mitad de Asia central. Pero resulta que la guerra de Afganistán es la crónica de un fracaso anunciado, y anunciado en muchas ocasiones. Si el hombre es el único animal que tropieza dos veces en la misma piedra, Afganistán es la piedra donde la humanidad lleva tropezando desde hace más de dos mil años. La tumba de los imperios, como la denominó Brzeznski, es un problema donde los americanos se embarcaron hace mas de treinta años. Llevados por la misma desconfianza que llevó a los soviéticos a invadirla. Estados Unidos lleva treinta años cosechando fracasos tras solo un puñado de triunfos. Y es que los americanos no tomaron nota de sus propias experiencias en Vietnam, tampoco tomaron nota del fracaso de Alejandro Magno, ni del Imperio Británico, ni de la misma Rusia zarista. 
Los soviéticos siempre practicaron una política de buena vecindad con la monarquía afgana del rey Zahir, que había buscado el apoyo de la URSS para recuperar las provincias del sur, que el imperio británico habían anexionado a la India. Pero en 1978, el ala mas radical del ejercito filo comunista dio un golpe de Estado y derrocó al Rey y a su PM Daoud e impuso a Taraki y Hafizullah Amin arrinconando a los moderados de Babrak Karmal. Este nuevo ala militar deseaba un comunismo de corte soviético en Afganistán y una rápida industrialización fruto de planes quinquenales similares a los stalinistas. Algo que el PCUS rechazaba porque no creía que un país de cabreros y atrasado pudiera llevar a cabo un programa semejante. 
La chispa que encendió el conflicto y que puso a ambos bandos en pie de guerra fue la revolución islámica en Irán. Perder Irán animó a Estados Unidos a apoyar más decididamente a la oposición a los comunistas afganos, los mujaidin. Clérigos radicales que estaban muy cerca de Teherán. Es una de esas rocambolescas políticas fruto de la Guerra Fría, donde los americanos apoyaron decididamente a quien había derrocado a su más cercano aliado en la zona y que años más tarde sería su enemigo. Como consecuencia, Kabul pidió ayuda a Moscú que mandó armas y asesores. La URSS no deseaba implicarse directamente y aconsejaron a los afganos la formación de un gobierno de unidad nacional que Amin rechazó. Es mas, inició una represión que empujo a la oposición a los brazos de Pakistán e Irán. Amin no se quedo ahí y empezó a aislar a los demás miembros de su gobierno y del ejercito que pudieran hacerle sombra, como Taraki, a quien elimió. Moscú reaccionó horrorizado aislando a Amin, que busco ayuda en Estados Unidos y expulsó al embajador soviético. A partir de aquí los hechos se precipitan. 
Los soviéticos no podían permitir que Irán expandiese su influencia en las repúblicas soviéticas del sur, de religión musulmana. Tampoco podía permitirse un cambio en las alianzas en la zona, como la que había sufrido recientemente el Egipto de Sadat. 
Mientras, en Afganistán, el plan de construcción acelerada de una sociedad comunista estaba exacerbando los ánimos del clero y los campesinos. Los nervios de Politburo estaban a flor de piel, si a esto añadimos el despliegue de Euromisiles que la OTAN estaba llevando a cabo en Europa occidental. Los euromisiles y la paranoia soviética acrecentaron la sensación del final de la distensión y Gromiko, Ustinov y Andropov temían la posibilidad de que los americanos instalasen misiles nucleares en Afganistán. Para evitar ambas posibilidades había que invadir Afganistán e instalar un régimen más moderado. Muchos en el Politburo veían la aventura como insensata, incluso el propio Brezhnev se opuso, pero el asesinato de Taraki inclinó al mandatario del lado de la intervención. El KGB asesinó a Amin mientras las tropas soviéticas invadían Afganistán e instalaban a Babrak Karmal en la presidencia quien inició una serie de reformas que lo enfrentó con los grupos islámicos que formaron la resistencia. 
Muchos creen que la intervención americana empieza aquí, pero ya había empezado. El presidente Carter dio la imagen de débil ante un conflicto silencioso que se libró como cuenta la pelicula "La Guerra de Charlie Wilson". Pero la intervención americana había comenzado con la revolución islámica de 1978, cuando el polaco, y por tanto anti soviético, Consejero de Seguridad Nacional Brzezinski creyó ver la mano de la URSS en aquella revolución islámica. Era un intento de asegurar el Golfo Pérsico y su petróleo, ante la creencia de la insuficiencia de reservas soviéticas. De ahí que la invasión de Afganistán fuese vista por la Casa Blanca como un paso más de este plan. 
Pero los soviéticos no deseaban crear un régimen comunista en Afganistán, de hecho pensaban que era imposible. Solo deseaban estabilizar las fronteras del sur de la URSS ante la inestabilidad que la revolución islámica de Irán había creado. 
Hoy distintos soldados, pero con la misma misión que los soviéticos: estabilizar un pais ingobernable, se enfrentan a este reto sin que nuestros dirigentes hayan tomado nota de los muchos fracasos del pasado. Y la administración americana errará porque se trata de una guerra asimétrica, de un enfrentamiento que para occidente es geopolítico, mientras que para los afganos es religioso. En mi opinión, invertir doce mil millones de dólares más en Afganistán es tirar el dinero. Deberían invertir ese dinero en aislar Afganistán como pais y estabilizar Pakistán. Dos mil trescientos años de historia han demostrado, en repetidas ocasiones que Afganistán es un caso perdido. 

miércoles, 16 de mayo de 2012

No es la economía, es la geopolítica

En los tiempos que corren estamos acostumbrados a que la economía inunde todas las secciones de la actualidad. No ha sido distinto en la reciente elección presidencial en Francia, acentuado por el drama griego. Pero el tema sobre el que ha girado toda la campaña electoral: las relaciones franco-alemanas, no es un tema económico, es mas, la economía es lo de menos. Estamos ante el eterno problema de la política exterior francesa, su papel en el mundo y, mas en concreto, en Europa. La economía es solo la excusa y nos estamos dejando llevar por las cifras y por los debates conocidos, cuando se trata de un mero debate político.
La política exterior francesa en la era contemporánea está marcada por el fracaso. Cómo capear una concatenación de fracasos, maquillarlos y adaptarse a ellos ha constituido la base de su política exterior desde la Revolución.
El primer gran fracaso lo constituyó la derrota napoleónica frente Gran Bretaña. A nivel naval el control de UK de los mares dejo claramente a Francia en una segunda posición que durante el siglo XVIII siempre le estuvo disputando. A partir de aquí, y en cuanto a expansión ultramarina se refería, Francia siempre iría por detrás de UK. Fue un desastre importante, pero parcial, puesto que el Congreso de Viena había dejado a Francia con un importante papel continental en el concierto de las naciones de Europa.
El segundo shock para Francia lo constituyó la derrota en la guerra franco-prusiana de 1871, y no solo por que se dejara un emperador por el camino, sino porque consagró la unificación de la nación alemana, su mortal enemigo, cuyas relaciones marcaron el devenir del continente europeo durante el siglo XX.
Bismarck comprendió que el futuro de Alemania estaba en impedir que Francia constituyera un cerco para Alemania, y siempre se había acercado a la Rusia zarista para impedir la temida guerra en dos frentes. La estrategia francesa, aunque con importantes capacidades militares, consistió en buscar unas alianzas que encerrasen a Alemania. No lo consiguió hasta que el canciller de hierro cayó en desgracia y Von Bulow y Káiser Guillermo II diseñaron una política exterior expansionista que alertó a los demás países de Europa y facilito la labor francesa de cerco a Alemania. Se acerco a UK, cuya poderosa flota podía ahogar la economía alemana y ésta se dejo querer ante los peligrosos planes del káiser de construir una poderosa marina de guerra, preludio de la expansión colonial alemana. La segunda pieza de este cerco lo constituyó Rusia, que tenía importantes lazos comerciales y fiduciarios con Francia, y constituía una fuerza continental de primer orden, o al menos eso se pensaba en la época. Este cerco convenció a Berlín de que era necesario atacar primero y de forma contundente para eliminar uno de los enemigos y evitar la guerra en dos frentes. En ambas guerras mundiales el primer golpe fue dirigido hacia Francia.
Durante la I Guerra Mundial, Alemania estuvo cerca de conseguirlo, pero fue frenada de forma milagrosa en la batalla del Marne. Los alemanes sorprendieron al mundo manteniendo a raya a los rusos y prolongando una larga contienda en dos frentes. Pero cuando la revolución rusa elimino a ésta de la guerra y la balanza se inclinaba del lado alemán, la entrada de Estados Unidos en la guerra volvía a decantar la victoria del lado francés.
Durante la Segunda Guerra Mundial la configuración de estrategias fue muy similar, el primer golpe fue contra Francia. Pero esta vez no hubo milagro del Marne y Francia fue derrotada y ocupada. No será hasta 1944, tras el desembarco aliado en Normandía, cuando la fortuna de Francia cayó del lado de los vencedores, a pesar de su derrotismo y colaboración con la Alemania nazi. Un hombre configuraba, por primera vez en mucho tiempo, la estrategia francesa al margen de las fuerzas hegemónicas: Charles De Gaulle.
De Gaulle sabia que Francia era incapaz de competir con las dos nuevas súper potencias en un escenario global, pero no abandonó la idea de mantener la independencia de las dos potencias si era necesario. Mezcla de un chauvinismo típicamente francés y una desconfianza hacia los americanos, De Gaulle vio en Europa la solución a este problema. Es mas, Europa mataba dos pájaros de un tiro, ya que permitía a Francia una política exterior autónoma a la vez que neutralizaba a su eterno enemigo: Alemania.
A pesar de las numerosas fuerzas americanas en Europa y el seguro que suponía el monopolio nuclear americano (al menos hasta 1949) a fin de evitar la invasión soviética de Europa, De Gaulle no estaba convencido de la garantía americana, en parte porque no lo veía fiable. No consideraba razonable que EEUU tuviera intereses existenciales en Europa, y menos que un presidente de EEUU se arriesgase a una confrontación nuclear en su propio país por defender Alemania o Francia. Se fiaba del compromiso de guerra convencional americano, pero no de la salvaguarda atómica. Pensaba que si Europa se dormía tras el paraguas nuclear americano al final sucumbiría ante un posible ataque soviético, por lo que defendía unas fuerzas armadas europeas autónomas que incluyera a Alemania.
No hay que confundir esta postura con un pro comunismo de De Gaulle, al fin y al cabo había presionado para expulsar a los comunistas del gobierno francés de postguerra. Tampoco se fiaba de los americanos, al fin y al cabo el propio De Gaulle no defendería Europa hasta las ultimas consecuencias si fuera el presidente americano. Y, al igual que hicieron los británicos durante las guerras napoleonicas, solo habían intervenido para lograr un equilibrio en el continente que no se interpusiera en sus propios intereses.
Pero no nos equivoquemos, puede que De Gaulle fuera un narcisista pretencioso, pero no era iluso. Sabia que Francia no podía hacer frente sola al poderoso ejercito soviético, también sabía que iba a ser difícil persuadir a la neonata República Federal Alemana y menos a UK a firmar una alianza con Francia para defender de forma autónoma Europa, lejos de los intereses nacionales de Estados Unidos. EEUU había sido la salvadora de UK en as dos guerras mundiales y era la tutora de la nueva RFA. Fruto de esta búsqueda de independencia nace la audaz estrategia del desarrollo del programa nuclear francés. Un programa que, por otra parte, no podría haber sido llevad a cabo sin la ayuda americana tras sonados fracasos.
Un guiño a la política de seguridad europea propuesta por De Gaulle era que estaba dispuesto a adelantar el arma nuclear francesa al otro lado del Rhin saltándose el tabú de aislar a la RFA del arma nuclear. Este acercamiento a la RFA, dentro de la OTAN en lo militar y a través de la CECA en lo económico fue visto en toda Europa como una forma de poner a ciclo de violencia francoalemán iniciado en la guerra de 1871.
El abandono de la soberanía que supuso la CECA primero, y el Tratado de Roma en 1957, era un medio para conseguir estos fines. Pero no suponía una merma en la soberanía francesa, ya que en cualquier momento los tratados podían ser renegociados, e incluso abandonados. A los demás países firmantes de la CECA: Italia, Bélgica, Holanda y Luxemburgo no les costó mucho ceder soberanía a cambio de estabilizar las relaciones en el continente. Al fin y al cabo el Benelux había visto pisoteado varias veces su independencia por Alemania en su camino invasor a Francia.
Que la cesión de soberanía era un medio para Francia explica también la aparente contradicción entre la cesión de soberanía económica a la CECA y, a su vez, la negativa a entrar en la estructura integrada de la OTAN. Esto fue debido a que De Gaulle si que veía su integración en la OTAN como una pérdida real de soberanía, ya que en caso de guerra el Estado Mayor de EEUU tomaría automáticamente el mando de toda la OTAN. 
La óptica francesa no podía estar más apartada de la británica, cuya defensa había quedado estrechamente ligada a su aliado anglosajón durante y tras la Segunda Guerra Mundial. No entendía una estrategia de defensa europea no incluyese a EEUU. Postura que fue hábilmente utilizada por De Gaulle para apartar a UK de la integración económica de la CECA y del Tratado de Roma. 
Dentro de la defensa y la política europea UK gozaba de un prestigio por méritos de guerra que Francia no podía igualar. Esta postura extremadamente ligada a EEUU le brindo a Francia en bandeja aislar a UK y tomar la iniciativa. De Gaulle accedió al proyecto de la construcción europea porque sabia que al final se iban a imponer los intereses nacionales. Y por ello era consciente de que si quería jugar un rol importante en las relaciones internacionales era desde el trampolín europeo, para lo cual necesitaba una alianza con Alemania. De Gaulle pensaba que en esta relación Francia gozaba de una postura superior, ya que la RFA tenía que salir del aislamiento internacional al que había relegado el nazismo.
Los sucesores de De Gaulle heredaron estos planteamientos y mimaron su relación con Alemania; relación que estaba basada en la colaboración económica y militar. Pero la caída del Pacto de Varsovia hizo que la cooperación militar perdiese importancia con respecto a la económica. La reunificación alemana despertó en amplios sectores de la política francesa la misma desconfianza que despertó la unificación cien años antes. Fue por lo que el presidente Mitterrand no ayudó, y hasta fue detractor de la unificación uniendo su postura
a la de Margaret Thatcher. Solo el decidido apoyo del PM español Felipe González empujó a Mitterrand a apoyar, siempre con la boca pequeña, la reunificación. La cohabitación con un aliado incomodo que, tras la reunificación, fue mostrándose mas dinámico económicamente es la situación que tuvo que manejar Sarkozy de una forma que terminó siendo sumisa y que ahora empieza a digerir Hollande.
Aunque el PS comenzó siendo el enemigo ideológico del Gaullismo, ningún discípulo fue mas sumiso a las consideraciones estratégicas del General que el mismo Mitterrand y ahora Hollande. El político normando ha ganado las elecciones bajo el manto del Gaullismo y prometiendo recuperar un tono en las relaciones franco-alemanas típico del general De Gaulle. Por tanto, aunque la economía es el tema central de las relaciones franco-alemanas, no debemos olvidar que estamos hablando de política y de Relaciones Internacionales ante todo. 
Ahora le toca mover a usted, Monsieur Hollande.

lunes, 7 de mayo de 2012

Hollande Presidente de la República.


Tras 17 años de ausencia en el Eliseo otro François, esta vez Hollande, ha devuelto al Partido Socialista francés a la presidencia de la República. Con un porcentaje menor que el pronosticado por las encuestas, un 51.67%, Hollande ha recogido los frutos de un Presidente que empezó a ser impopular desde el primer día en el Elíseo con sus salidas de tono y arrastrando por el fango la dignidad del presidente de la República que tanto gusta a los franceses y mas a la derecha Gaullista. Y es que al principio de su mandato Sarkozy solo había tenido salidas de tono en cuanto a imagen, unas vacaciones pagadas por millonarios y favores a oscuros intereses de Oriente Medio salpicaron un comienzo de mandato que terminarían de explotar en esta campaña. Pero con todo, había mostrado una independencia y hasta desavenencias con la Canciller Merkel, continuando con el tradicional papel de contrapeso que ejercía Francia en la política comunitaria. 
Fue hace un par de años, cuando la crisis se recrudeció para todos los países, salvo para la estrella germánica que eclipsó el contrapeso galo. La ecuación que hizo Nicolás fue sencilla, para que Francia emergiese había que parecerse más a Alemania, algo que a priori no tenía por que ser malo, lo malo fue que le llevó a una subordinación a Alemania. El falso tándem Merkozy era mas bien un Merkelzy, donde el Presiente era la voz política de las decisiones tomadas desde Berlín. Francia paso de contrapeso a satélite, de copiloto a mayordomo de las recetas de la CDU, algo que nunca le perdonaría la fecha Gaullista. El propio Nicolás lo sabia, por eso se cuidó mucho de aparecer con su patrona, evitaba parecer, aun mas se cabe, el Peteain del siglo XXI. 
El hiperpresidente hizo bien al asumir la plena responsabilidad de su derrota, porque él es el único responsable de la misma. Llevó una política en exceso personalista, trato a sus primeros ministros como meros "colaboradores" y a sus ministros como simples secretarios. Llevó personalmente el peso de la acción política en una continua huida hacia adelante y se encontró con un candidato que jugó a ser Rajoy en su campaña. Se limito a aglutinar el descontento anti Sarkozy que existía en Francia y, a pesar de los resultados finales, era muy escaso el porcentaje que deseaba seguir viendo a Sarkozy en el Elíseo, un 35%. Intentó seducir a la extrema derecha, como ha había hecho en 2007, pero esta vez Marine Le Pen había puesto en alerta a sus votantes. Le resultó sumamente difícil eludir la responsabilidad de las malas decisiones. Era él y solo él quien dirigía Francia. Ahora no podía poner ninguna excusa, para bien o para mal. 
Hollande, un hombre educado y tranquilo de Normandía, con elegantes modales de provincias supo ganarse muy poco a poco el afecto de los suyos. El afecto de un complicado partido socialista francés. Un partido que navega entre las aguas de la izquierda troskista (el único PS de Europa) y la izquierda exquisita o de "caviar" en palabras del propio Sarkozy. 
Formado en el seno del aparato del PS durante la presidencia de Mitterrand, fue alcalde de Tulle y diputado en la Asamblea Nacional. Vio como otro de sus padres políticos, Lionel Jospin, caía bochornosamente en la primera vuelta de las elecciones del 2002, él asumió la jefatura del PS siendo su primer Secretario durante muchos años. Soportó con resignación que su pareja sentimental se presentase por delante de él a las presidenciales del 2005 y capitaneó la nave del PSFr durante la larga travesía en el desierto del Partido. Consiguió éxitos parciales como victorias electorales en comicios cantonales, municipales y legislativas, pero el Elíseo seguía resistiéndose al PSFr. Aguantó entre bambalinas el hecho de que el aparato considerara a un lejano DSK como el candidato natural del PSFr destinado a batir a Sarkozy. Supo recoger con toda normalidad las riendas del partido cuando estalló el escándalo DSK. Si alguien podía llevar al PSFr al Elíseo sin la losa moral de DSK era él, el eterno candidato que educadamente ha mantenido cohesionado al partido todos estos años Él siempre estuvo ahí para su partido y, al fin, el partido se dio cuenta de que él era su hombre. Ganó en unas primarias abiertas que fueron la envidia de un sistema de partidos que suele emponzoñarse en los procesos de primarias y aguantó el tirón de un Sarkozy que no supo mantener la calma en una campaña en la que siempre estuvo por detrás en los sondeos.  
Ganó por la mínima la primera vuelta y consiguió ser el foco de atención que hizo que el presidente fuese siempre a rebufo del candidato. Ganó un debate donde Sarkozy fue incapaz de plantear una sola propuesta sin recurrir a la vejación de su oponente o exponer sus propias virtudes. En resumen, que ganó el debate porque Sarkozy fue él mismo, el presidente que ya estaba cansando a Francia. 
Puede que los amantes de anécdotas y los supersticiosos hayan disfrutado en estas elecciones, que han mostrado un gran parecido con las elecciones de 1981 donde el socialista Mitterrand batió a Giscard D'Estaing, y no solo porque fue derrotado en su reelección contra un candidato socialista, hay muchos más paralelismos. Ambos candidatos de la derecha perdieron por la desafección en sus propias filas: el mismo Chirac que votó por Hollande hoy, hizo campaña en 1981 contra d'Estaing. El lema de campaña de Giscard, "Por una Francia fuerte", lo ha sido de Sarkozy y se ha plegado al argumento de la experiencia frente a su oponente sin que lo acompañara un buen balance como apunta Lluis Bassets en El País. Ambos presidentes salientes fueron acusados de desdibujar la imagen presidencial que De Gaulle imprimió a fuego en el cargo, y ambos candidatos apelaron al Gaullismo para ganar. 
Hoy la imagen de Francia de derecha a izquierda la encarnan dos hombres: De Gaulle y Mitterrand, y Hollande ha sabido capitalizar mejor esa imagen que el histriónico Sarkozy. 
En cuanto a su política, es un programa socialdemócrata de libro. Reducción del déficit aumentando los impuestos y recortando poco el gasto social, implantación de la tasa Tobin, prohibir a las sociedades francesas operar en paraísos fiscales y prohibir las Stock Options, aumentar el número de profesores y tender hacia energías más verdes sin tocar demasiado la poderosa industria nuclear francesa. 
En cuanto a política comunitaria, pues Hollande es un adelantado a su tiempo, porque solo le hizo falta ganar la primera vuelta para cambiar el diapasón de las instituciones económicas comunitarias de la austeridad a ultranza a la política del crecimiento. Ha obligado a Merkel a moverse rápido para que no parezca arrollada por los acontecimientos, demasiado tarde, ya lo parece. 


¿Tendrá éxito? El tiempo lo dirá. Es por ello que me paro menos en el qué pasará. Obviamente Hollande tienen un corto margen de maniobra, su habilidad para moverse en él y ensancharlo a sus necesidades marcarán el éxito o el fracaso de su mandato. 
Muchos lo han saludado como si se tratase del Obama europeo. No nos engañemos, hablamos de un político tremendamente cauto que no caerá en los excesos de su mentor Mitterrand. Hollande no tocará el tejido empresarial de su país en ese extremo. Pero supone un soplo para la Socialdemocracia que muchos consideraban muerta. Y no estaba muerta, que estaba de parranda, como reza la rumba popular. Es un toque de atención para que los Partidos Socialdemócratas se pongan las pilas, actualicen sus programas sobre la base del Estado del Bienestar, elijan a candidatos solventes y dejen los experimentos en la cocina, o para IU. En suma, que ha de ser una alternativa clara y seria para gran parte de la sociedad y huir de los extremismos.
Desde aquí le deseo mucha suerte a François Hollande. Al menos a un servidor le ha alegrado la semana. 

jueves, 3 de mayo de 2012

Francia: el agrio debate por la presidencia


La República Francesa, muchos europeos y yo mismo asistimos ayer a un debate muy interesante y crucial para la elección del Presidente de la República Francesa. El debate presidencial tiene unas connotaciones que lo hacen único en el continente. Se trata de los únicos comicios presidenciales en una Europa donde impera el parlamentarismo, y donde los presidentes de las repúblicas suelen ser nudos jefes del Estado con muy diversas formas de elección, que van desde la parlamentaria en Italia o Alemania, hasta el sufragio directo en Portugal. Es por ello que la política, siempre personalista, lo es en un grado mayor en Francia. Es la elección de algo más que el jefe del ejecutivo francés, es la elección de un presidente de la república que nunca ha dejado ese manto monárquico con la que la vistió De Gaulle.
España intenta ser un híbrido con nuestra denominación de Primer Ministro como Presidente del Gobierno, que lo sitúa a medio camino entre un PM y un Presidente. De ahí que el debate español, al menos en su apariencia, fuera similar al francés. Y de ahí que la audiencia clame por el debate "a dos", mientras que el debate de todos los grupos parlamentarios pasa siempre desapercibido y con figuras menores.
Pero solo en la forma ha sido similar, porque en el fondo y en los modos fue muy distintos al que vimos ayer.
Ayer asistimos a un debate muy ágil, tanto que en muchas ocasiones los moderadores se vieron incapaces de reconducir el debate y poner un poco de orden, pero ello fue en beneficio del espectador que vio un auténtico debate lejos de los encorsetados modelos fruto de las arduas negociaciones.
El debate estuvo dividido en cuatro bloques que no siempre estuvieron bien definidos precisamente porque fue un debate real y éste no se ajusta siempre a bloques temáticos. A saber, economía, sociedad, instituciones y política exterior. Obviamente la economía salpicó todos los bloques aunque con ciertas salvedades.
Los candidatos no partían con igualdad de condiciones, François Hollande partía con los sondeos a su favor e iba a dar una imagen de solidez y a no perder el debate, a no cometer fallos y dejar que su contrincante le hiciese el trabajo sucio. Cosa que sucedió, porque Nicolás Sarkozy tenía que remonar la unanimidad de los sondeos que le sitúan por detrás del socialista. Muchos simpatizantes de la UMP que asistieron al mitin del Trocadero el pasado 1 de mayo eran conscientes de que era el último cartucho de Nicolás y de que en un cara a cara tenía las de ganar a un soso Hollande. Por eso arriesgó más y usó la misma táctica que sacó de quicio (e hizo perder el debate) a Segolene Royal cinco años atrás. Pero Hollande, hombre sereno, no se salió nunca de lo correcto y siempre mantuvo el temple, haciendo parecer al presidente-candidato solo un candidato, y al candidato a presidente, presidenciable.
El debate económico empezó con mucho arrojo por parte del Presidente y tímidamente por parte del candidato. Pero a medida que iban profundizando en las cifras, el candidato socialista consiguió que solo se hablasen de sus propuestas, a la vez que echaba en cara no solo cinco años de presidencia, sino otros cinco como ministro de economía. El mensaje caló porque diez años en esos puestos de responsabilidad no daban margen para muchas maniobras. El presidente se intentó zafar con excusas, hasta que al final admitió impotente que no todo era culpa suya, lo que obtuvo del candidato la buena respuesta de que era hora de dejar de hacerse la víctima. El discurso de Sarkozy fue una mezcla de victimismo y furia, al fin y al cabo era un animal herido. Fue contradictorio porque no dejaba de aconsejarle a Hollande que un presidente asume siempre sus responsabilidades cuando, acto seguido, se lamentaba de las circunstancias adversas y ponía excusas. Como ya comenté este bloque desbordó a los moderadores ya que los candidatos saltaron de un tema a otro, de la energía nuclear (de la que se hablaría luego) a la inmigración, pasando por la UE.
Las principales diferencias en este bloque fue la defensa de la política de austeridad y posicionarse en contra de los Eurobonos por parte del presidente, que defendió que así Alemania y Francia pagarían la deuda de otros países. Mientras que Hollande defendió la tesis, ya defendida por Rubalcaba, de poner en marcha los fondos del BEI y asegurar que los Eurobonos era la forma efectiva para que Alemania y Francia controlasen la deuda emitida, ya que nunca se emitiría más deuda de la autorizada por eje franco-alemán. 
El siguiente bloque, el de políticas sociales, lo monopolizaron el estado de la educación en primer lugar, poniendo de manifiesto las distintas propuestas para mejorar la calidad de la enseñanza, y en segundo lugar la inmigración. Aquí Sarkozy empezó con fuerza, al fin y al cabo debe pescar el mayor número de votos de Le Pen, alabando sus pasos hacia una sociedad más laica. Pero Hollande logró contener los daños trasladando el debate al derecho al voto de los inmigrantes y logrando que Nicolás pareciese que quería excluir a los musulmanes, aunque ya fuesen franceses.
Sarkozy estuvo más brillante cuando se abordó el tema de la energía nuclear, que goza de un amplio consenso en Francia y que posibilita que el precio de la energía sea un 35% más barata que la media comunitaria y que no esté sujeto al siempre inestable mercado energético del petróleo. Aquí el Presidente puso de manifiesto las debilidades y las hipotecas del socialismo francés -y de todo el continente- con los grupos ecologistas. Hollande, por su parte, solo se comprometió a cerrar la central de Fessenheim (Alsacia) que va camino de los cuarenta años. Su otra propuesta es solo ir reduciendo nucleares a medida que se gana en alternativas.
El bloque institucional logró poner de manifiesto las debilidades de ambos candidatos. El socialista poco menos que vino a reducir el cargo de Presidente a Primer Ministro con su exceso de modestia y contención. Mientras que el popular o presidencial, según interese a la UMP, dejó en evidencia sus excesos como presidente-espectáculo: amigo de los ricos, vacaciones excesivas, horteras y de nuevo rico. Terminó este bloque el ilustre DSK, un desesperado intento de ligar la bajeza al partido socialista, mientras que Hollande sí consiguió unir el nombre del presidente al de su amigo Berlusconi. Sarkozy intentó desliarse del Caballiere aduciendo que no formaba parte del PPE con bastante torpeza y lejos de parecer creíble.
El otro PM que salió hasta la saciedad fue J.L. Rodríguez Zapatero, el fetiche de Nicolás Sarkozy en esta campaña. Hollande le recordó que eran muy amigos cuando aquel estuvo en el ejecutivo español y que esa no era forma de hablar de un antiguo colega. Forma elegante de salir del paso. Pero el Presidente no se quedó ahí en el intento de ligar a Hollande con reponsabilidades políticas que echarle en cara. Aludió a sus reuniones con François Mitterrand, algo ridículo si tenemos en cuenta que la Esfinge murió en 1996, mientras que él lleva al pie de la política francesa más de diez años.
El último bloque, el de política exterior fue el más insulso. Ambos candidatos solo diferían en la fecha de la retirada de los efectivos franceses de Afganistán.
EL final del debate fueron unas conclusiones que ahondaron en cada una de las estrategias de campaña. Sarkozy agitó el miedo a la izquierda y Hollande recordó la herencia de diez años de responsabilidad del presidente. 
Fue un debate algo bronco y duro, la palabra mentiroso planeó durante las dos horas y media larga que duró, pero lo mejor de todo es que fue un debate real y no un modelo encorsetado que da lugar a dos monólogos. 
Y como siempre ha de haber un ganador, éste ha sido por unanimidad en la prensa del hexágono François Hollande. Aquí las expectativas entran en juego. Hollande iba a no perder el debate, y no solo no lo ha perdido, sino que lo ha ganado al lograr poner al Presidente en evidencia y al conseguir que se hablase más de sus propuestas que de las del candidato de la UMP. A Sarkozy solo le valía la victoria, muchos de sus estrategas sabían que era la última oportunidad de dar la vuelta a las encuestas, y dio más la imagen de n animal herido a la defensiva que de un Presidente.
Personalmente si tuviera que elegir una buena frase, sería el final de la conclusión de Nicolas Sarkozy: "Me presento como candidato porque me apasiona Francia."