domingo, 25 de julio de 2010

El oportunismo reformista de Clegg.

Con la crisis económica se han oscurecido muchos de los temas que antaño parecían importar, como la lucha contra la pobreza, el eterno proceso de paz en Oriente Medio o el cambio climático. Lo mismo sucedió cuando pasó la efervescencia electoral en el Reino Unido. Todas las miradas de todos los diarios se centraron en los grandísimos ajustes económicos que debía realizar el país más endeudado del continente -los mayores desde la II Guerra Mundial- pasando desapercibido, salvo por los pactos pos electorales- la reforma del sistema político que ansía el partido Lib-dem y su líder.
La reforma del sistema electoral británico es una de las metas de la prensa progresista en el Reino Unido y suele ser una demanda recurrente en las páginas de The Guardian y The Independent, pero hay voces de articulistas que se levantan en contra de la reforma que quiere llevar a cabo el candidato por el que ambos diarios han pedido el voto: Nick Clegg.

La verdad es que parece el cuento de nunca acabar. La elaboración y/o reforma de una ley electoral se antoja complicada porque toca la médula del sistema democrático, es decir, cómo se reparte el sufragio que da lugar a la sacro santa Soberanía Nacional. El legislador puede dar prioridad a la estabilidad a través de sistemas mayoritarios que faciliten la formación de gobiernos; o bien puede dar prioridad a la representatividad, elaborando una ley de reparto proporcional de los escaños. Y quien tiene un sistema quiere el otro, viendo solo las excelencias del que desean y solo los defectos del que poseen. A nadie se le escapa que hay amplios sectores que cacarean que es injusto e infame que la formación del gobierno de la Nación esté en manos de partidos nacionalistas que con un puñado de votos se ven sobrerepresentados. Y qué decir del caos italiano, que en cuarenta años ha tenido cincuenta gobiernos y los más estables han sido los de Berlusconi, solo vemos las desdichas del sistema proporcional. Y esto no solo pasa en los países del área mediterránea, donde parece que España ha llegado a un punto medio aceptable entre la formación de mayorías parlamentarias y la representación de las realidades regionales. Sucede en Bélgica y Holanda donde formar gobierno se antoja más complicado que ganar las elecciones y ahora ésta, que era una enfermedad continental, ha contagiado al Reino Unido que busca un nuevo sistema electoral. Pero no todo el Reino Unido busca ese cambio, de hecho solo los lib-dem lo quiere, por lo que sería beneficioso saber si se trata de un debate real en el seno de la sociedad británica o solo del interés partidista de los lib-dem, se verá.
Aunque la búsqueda de un sistema más representativo ha sido el caballo de batalla de diarios de centro-izquierda como The Guardian o The Independent, éste último siempre ha sido el tradicional apoyo de los lib-dem, hay articulistas y columnistas destacados que se oponen a la reforma que Mr. Clegg propone ya que puede suponer un deterioro de la democracia en favor de la capacidad de los partidos políticos. Es el caso de Simon Jenkins quien, desde The Guardian, ha llamado la atención sobre lo falaz de la propuesta de Clegg de cambio del sistema electoral. Clegg demanda que en democracia cada voto valga lo mismo con independencia de la ciudad o pueblo en el que vivas, pero curiosamente no propone una única circunscripción  nacional. Jenkins advierte que el actual sistema es quien  ha llevado a Clegg a Downing Street, defiende en su artículo que el sistema ha dado precisamente lo que el pueblo británico necesitaba: un gobierno de coalición que hoy en día sigue con unos niveles de popularidad muy altos. Los liberal demócratas se quejan de ser los primeros perdedores al ser, en muchas circunscripciones, los que ocupan el segundo puesto, algo que en el sistema first-past-the-post te deja sin escaño, por eso desean un poco de proporcionalidad en el sistema, complicando la formación de mayorías claras en el parlamento y haciendo que partidos menos votados se vean sobrerepresentados. 
La ventaja del sistema first-past-the-post es que el dueño del escaño ha de cuidar su circunscripción, que se la debe más a sus electores que a su partido. Así pues, la introducción de un sistema proporcional como desea Clegg quitaría el poder a los electores para dárselos a los partidos políticos. La acción de gobierno estaría apoyada en el parlamento basándose en criterios de partido y no en lo que desea el electorado de su escaño, puesto que el diputado estará más preocupado en continuar en las listas que en cuidar de su circunscripción. Jenkins defiende que la labor principal de un sistema electoral es proporcionar un ejecutivo estable basándose en la mayor cuota de representatividad posible y que el sistema first-past-the-post ha dado unos muy buenos resultados al haber garantizado la gobernabilidad del Reino Unido en más de medio siglo. 
Sea como fuere, los tories solo han prometido a los lib-dem la convocatioria de un referendum, para lo cual necesitan mayoría en el parlamento. Cosa difícil de conseguir si se oponen los laboristas y si, como ha anunciado Cameron, los tories tienen libertad de voto. Si ésto ocurre es muy difícil que la coalición con-lib siga adelante y puede que en un par de años los británicos sean llamados a las urnas de nuevo, como ocurrió tras el segundo gobierno de Harold Wilson que dio paso al gabinete Callaghan.

viernes, 23 de julio de 2010

Los Estados fallidos y su incidencia en el orden internacional.



La piratería en el Índico y la inestabilidad africana han traído a los cursos de Derecho Internacional de Vitoria una interesante ponencia de la profesora Ana Gema López Martín que ha abordado el tema de los estados fallidos y sus repercusiones en el ordenamiento jurídico internacional. 

El tema que está de rabiosa actualidad no es nuevo, ya que estados fallido han existido a lo largo de la historia, lo nuevo es la etiqueta. Hoy en día lo constituyen todos aquellos estados, principalmente africanos, salidos de la descolonización de los años sesenta, siendo Somalia el mejor ejemplo. Pero ¿Qué es un Estado Fallido? 
La denominación surge de la ciencia política, no de la jurídica y surge en el seno de la publicación Forign Policy que hace referencia a estados donde no existe una organización sociopolítica que ejerza en exclusiva y sobre todo el territorio las funciones propias de un Estado. Tras esta publicación en el año 1992 el término se ha generalizado y, aunque no es un término jurídico, a nadie se le escapa que existen consecuencias jurídicas. FP publicaba el artículo saving failed States con un claro afán intervencionista dentro de la política idealista de la posguerra fría. Por lo que muchos politólogos, estadistas y gobiernos siguen utilizando el término a conveniencia; de ahí que el Banco Mundial haya propuesto la denominación Estado frágil, como gobierno ineficaz, pobreza, conflicto o asentamientos de grupos armados que realizan las funciones de gobierno. 
Como el término no existe jurídicamente, nadie es competente para calificar a los estados como fallidos. Tenemos que acudir de nuevo a la ciencia política para encontrar infinidad de listas y catálogos basados en muchos y diversos indicadores. Todos ellos muy discutibles y no exentos de intencionalidad que pueden llegar a suponer un atentado contra la Soberanía o la injerencia en asuntos internos de algunos Estados. No podemos meter en el mismo saco a países frágiles y países donde no existe gobierno, o donde éste no controla efectivamente todo el territorio. 
Ante el nacimiento del término Estado fallido, la ciencia jurídica no puede dejar de plantearse la pregunta de si un estado al que le falta el elemento gubernamental sigue constituyendo un Estado, es decir, si un Estado fallido sigue siendo sujeto de Derecho Internacional con todo lo que ello conlleva. 
El Instituto de Derecho Internacional ha señalado que los estados nacen, se desarrollan, se deterioran y mueren si uno de sus elementos constitutivos desaparece, como Polonia en el siglo XVIII, XIX y entre 1939 y 1945. Así mismo, el Instituto de Derecho Internacional ha apuntado que el acto de reconocer un estado es irrevocable, salvo si un estado pierde definitivamente, absolutamente e irremediablemente uno de sus elementos, ya que entonces este estado desaparecería. Con todo no está claro qué significa la desaparición definitiva para dar finalizada la existencia de un estado. 
Las consecuencias de la subjetividad internacional son innegables, ya que afecta no solo a las relaciones internacionales, sino a las reclamaciones que le pueden exigir, así como reclamante ante otro Estado; sin mencionar qué pasa con su sitio en las organizaciones de las que es miembro o, sin ir más lejos, que pasa con el patrimonio del Estado, ya sean cuentas, embajadas o coches oficiales.
La práctica indica que a Somalia se ha seguido tratando como a un Estado, a pesar de la existencia de resoluciones y documentación de Naciones Unidas que han certificado la pérdida de un gobierno efectivo. Sensación avalada por la desaparición de Somalia de los foros internacionales y sentencias de diversos tribunales que han declarado que Somalia no existe (sentencias en Tribunales franceses y alemanes)
La resolución 814 del Consejo de Seguridad pone un toque de contradicción al hablar de respeto hacia la soberanía e independencia de Somalia, primando el principio de continuidad sobre el de efectividad. La Comunidad Internacional no ha tomado la drástica medida de certificar la muerte de Somalia y sigue, en la medida de lo posible, teniendo en cuenta este estado fantasma o none state.
Atendiendo a la membresía en las organizaciones internacionales hay que apuntar que Somalia sigue siendo parte de los Organismos del que era Miembro en 1991, pero su asiento ha estado vacío. Solo el Consejo de la Unidad Africana ha suspendido a Somalia como miembro debido a su situación interna. 
Ha sido un ejercicio de responsabilidad por parte de la comunidad internacional haber mantenido a Somalia, ya que ésto refuerza la subjetividad del estado y, por tanto, supone que sigue gozando de las inmunidades ante los tribunales de otros estados basándose en el principio per in paren imperium non habet. Como consecuencia de su estatuto jurídico también mantiene el principio de no injerencia, ésto es lo que obviamente supone una contradicción de lo estipulado en la resolución 814. 
La intervención en estos estados frágiles ha sido materia de debate desde época moderna, donde el Derecho Internacional solucionaba el problema repartiendo el país entre las potencias vecinas. La comunidad internacional ha aprobado en 2005 la intervención para proteger a la población de un estado frágil tanto en caso de que no quiera (Sudán) como que la inexistencia de gobierno impida a este estado posicionarse (caso de Somalia) previa autorización del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas y nunca unilateralmente como había propuesto Canadá. 
Estudiando las características que tiene Somalia como paradigma de estado fallido, se ha apuntado que solo este país constituye un ejemplo de la inexistencia total de estructura estatal y organización sociopolítica que impide los más elementales actos del Estado como sujeto de Derecho Internacional. Abordaré en una futura entrada otras ramificaciones jurídicas de la categoría del estado fallido que diferencian claramente a Somalia de los demás Estados frágiles que, en muchos casos de manera intencionada, se colocan en la misma categoría cuando Somalia constituye una excepción jurídica y política. 

lunes, 5 de julio de 2010

La presidencia que el Tratado de Lisboa necesitaba.

España ha terminado su presidencia semestral y que la haya terminado es todo un éxito, aunque la presidencia en si misma podría calificarse como catastrófica hay elementos que nos podrían ayudar a realizar un análisis más optimista. 
El primero de los argumentos que podríamos esgrimir es que ésta ha sido la primera presidencia con el Tratado de Lisboa en vigor. Tratado que establece por primera vez un Presidente del Consejo permanente y, aunque los políticos nacionales dicen que su prioridad es ayudar a los nuevos funcionarios, a nadie se les escapa que, de haber podido, el gobierno de España hubiera dirigido con mano de hierro su presidencia sin ser tan gentil con los funcionarios comunitarios permanentes. Pero la aguda crisis económica y las dudas sembradas en los mercados de deuda soberana con respecto a nuestro país provocó que el Tratado de Lisboa se pusiese en práctica al pie de la letra sin injerencia del gobierno. Aunque fuese por un efecto secundario, España, por incapacidad más que por deseo propio, ha propiciado la puesta en marcha del Tratado de Lisboa, algo que un país que contase con un ejecutivo en mejor posición podría haber retrasado.
Otra cualidad que ha tenido la presidencia de turno es que, aunque en un principio estuvo marcada por un fuerte carácter político, tras acuciar los asuntos nacionales, ésta tendencia mutó dando el control de la presidencia al personal técnico. La dirección de la presidencia pasó de los políticos a los funcionarios de alto rango en Bruselas, por lo que aunque rebajó el perfil de la misma, dio unos frutos modestos pero significativos. Los frutos a los que me refiero es la reacción ante la grave crisis griega y la formulación de planes para rescates futuros. Se puso sobre la mesa la necesidad de una política fiscal y económica común y, aunque no se crearon grandes planes, se cimentaron pequeñas reformas encaminadas al tal fin. 
No voy a negar que hubo una reacción tardía y torpe a la crisis griega y que ésta creó el miedo al contagio a los países del Mediterráneo e Irlanda, pero esta torpeza hay que achacarla a que se buscaron soluciones en los líderes nacionales más significativos como Merkel o Sarkozy que pensaron en clave nacional y no europea. Se pidió una solución comunitaria a líderes nacionales. Merkel estaba más pendiente de las elecciones de Westfalia que de la recuperación griega, y eso que la mayor parte de la deuda soberana griega mora en bancos alemanes, por lo que perdió doblemente. Perdió Renania-Westfalia y perdió todo el crédito que tenía en el ecofin. 
Este fracaso, unido a las serias dudas que acuciaban al gobierno español hizo que entrasen en juego los técnicos de ecofin y que ellos edificasen, junto con el BCE, planes como el fondo de ayuda bancaria, la colaboración fiscal, un plan estructurado y vinculante sobre el déficit y, por último, una agenda para crear un gobierno económico común. Se ha empezado a hablar de sanciones y de pérdida del derecho a voto en el consejo para quienes incumplan los objetivos marcados por el ecofin. Aunque para los más ambiciosos esto todavía está muy lejos de configurar un gobierno económico común para los países de la zona Euro, supone un importante paso al frente al asumir la necesidad y la voluntad de comenzar a configurar este proyecto. 
Zapatero solo consiguió un triunfo personal en esta presidencia y fue la publicación de los resultados de los test de fortaleza de los bancos de la UE, donde los mejor parados fueron los españoles y donde se evidenció que diez grandes bancos alemanes pidieron enormes sumas de dinero. Pero el gran regalo que Zapatero hizo a la Unión fue su mediocridad. Con ella la Unión se libró de la tutela de los Estados para comenzar a andar sin ruedines en un proceso que había sido marcado por el Tratado de Lisboa y que, como ha sido habitual en los sucesivos tratados, ahonda en el proceso de integración, ahora en lo económico. Para todos los economistas era evidente que una moneda única hacía indispensable un solo gobierno económico, pero la bonanza económica nos anestesió haciendo que postergáramos las reformas necesarias, hasta que fue demasiado tarde y hubo que aprender por las malas. 
Así que, puede que la derrota de los gobierno nacionales haya dado paso, al fin, a la integración. 


Y es que ésta ha sido la presidencia discreta, y eso no tiene por qué ser malo. Europa se ha construido con pequeños pasos discretos que han cimentado los grandes discursos. La clase política nos tiene acostumbrado a grandilocuentes discursos, a grandes hazañas y a grandes proyectos. Pero en una Europa que ha funcionado bien cuando ha crecido mediante pequeños pasos, no le viene mal tomarse un respiro y volver a los pequeños pasos. Se han hecho grandes cosas en poco tiempo y eso ha distorsionado el pulso de los acontecimientos. A mi parecer, se han acometido grandes proyectos de forma atropellada. Se ha producido una ampliación demasiado ambiciosa para la que no estábamos preparados, con ella un cambio de tratado que ha fracasado y, en medio, ha puesto a andar la moneda única, que ha funcionado cuando la economía vivía tiempos de bonanza. Ahora que nos encontramos en una crisis es la hora de regresar a los objetivos modestos pero realizables para construir poco a poco una Europa más sólida. 

domingo, 4 de julio de 2010

Engaño made in China.

La pasada cumbre del G20 ha evidenciado una falta total de acuerdo para adoptar medidas comunes ante la crisis internacional. Ha sido una conclusión lógica dado que, aunque la crisis es internacional, no afecta en todos los países a los mismos sectores y tampoco afecta en igual grado. Por lo que era lógico que, pese a acordar ciertas líneas generales, se optase por salidas individuales a la crisis.
Uno de los elementos comunes de la crisis es la falta de liquidez de los mercados que ha ralentizado el crecimiento económico mundial. No hay dinero en circulación y, por tanto, el consumo se constriñe. Pero, dado que los tipos de interés en los grandes bloques comerciales están muy cercanos a cero, ¿Dónde está el dinero?
Paul Krugman lleva meses señalando a China como responsable de esta falta de liquidez desde su columna en The New York Times. 
Mediante su política monetaria, China está perjudicando la liquidez del mercado internacional al mantener su moneda devaluada de forma artificial. De esta manera está practicando indirectamente varias prácticas prohibidas por el comercio internacional y, en lugar de solucionar el problema, China está fomentando sus exportaciones a costa del resto del mundo.
Hace milenios que los chinos no han inventado nada en este mundo, y menos en el mundo de los negocios, por lo que la práctica china es bien conocida, salvo por su escala. La situación es así de simple: China mantiene su divisa artificialmente devaluada vendiéndola en grandes cantidades y, a su vez, comprando divisa extranjera. Prueba de esto es que el banco central de la república popular está acumulando fondos por valor de más de dos billones de euros y comprando unos mil millones de dólares al día para mantener bajo el precio de su moneda. No se entiende que un país con el PIB de china y con su capacidad exportadora no vea reflejada el valor de su economía en su divisa. China, como de costumbre, juega con dos barajas al mantener devaluada su moneda, así consigue por una parte hacer que sus exportaciones sean más atractivas y competitivas y, por otra parte, hacer que los productos extranjeros resulten excesivamente caros para los bolsillos chinos y, por tanto, menos competitivos. Por lo que, indirectamente, china está subvencionando sus exportaciones y estableciendo un arancel a las importaciones. Algo que resulta totalmente inaceptable.
Alguien podría argumentar que se trata de una política beneficiosa para el gigante asiático, pero eso es muy discutible, ya que ese beneficio no revierte en sus trabajadores, sino que solo revierte en la acumulación de riquezas por parte de las empresas exportadoras chinas, de ahí la oleada de huelgas que azotaron china. Además el bajo valor del Yuan crea un efecto inflacionista en china que hace que se desvíen una parte muy importante de sus ingresos a la compra de activos extranjeros con una rentabilidad muy baja para mantener el Yuan devaluado. 
Así que Estados Unidos ha decidido actuar tras siete semestres sin hacer nada. Cada semestre la Reserva Federal hace un informe para el Congreso en el que se analiza el estado de las transacciones comerciales de Estados Unidos. La Reserva Federal ha llamado la atención sobre la torticera política monetaria china hasta en siete ocasiones. Pero no podemos pensar que esta práctica solo perjudica a las economías desarrolladas, también perjudica enormemente a las economías emergentes, puesto que las potencias europeas se venden unas a otras, pero en el libre mercado mundial quien más tiene que perder son las demás economías emergentes. Estados Unidos ha dado un paso al frente y ha recomendado a China "flexibilizar su moneda" como ejemplo del tono conciliador que el Presidente Obama ha elegido para intentar convencer al gobierno chino de que cese su política monetaria adulterada. 
El gobierno chino ha dejado que su moneda se aprecie un 2% para que, tras una compra de moneda por parte del Banco Popular Chino, volviese a caer un 5%. Ante esta situación el gobierno chino ha dejado bien claro que eso era dejar que una moneda sea flexible. Se han aferrado a la suavidad del lenguaje diplomático para tomarnos el pelo y no llegar hasta los fundamentos del problema. 
El profesor Krugman declara que los chinos nos están tomando el pelo y que esperar una apreciación de su moneda un ridículo 2% en un año es como esperar a ver como se seca la pintura. Por tanto una posible solución planteada por Paul Krugman es comenzar a pensar en sanciones económicas como las que Estados Unidos ya impuso a Japón y Alemania en los setenta.

Ya va siendo hora que occidente se coordine para poner fin a esta nueva forma de piratería. China está demostrando que no busca foros de cooperación sino su propia hegemonía, comportándose en el G20 como un vulgar trilero de la calle Sierpes, que es lo que nunca ha dejado de ser. Por tanto ¿Por qué deberíamos tratarlo como una potencia responsable, cuando se trata de vulgares estafadores?